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De Bruselas me han dado un recado
Por
Alcibíades Hidalgo
Stanislaw Kania fue un fugaz líder de la Polonia socialista. Cuando Lech
Walesa desafió con su sindicato independiente Solidaridad el poder
establecido, los comunistas polacos decidieron reemplazar al demeritado
secretario del partido, Edward Gierek, y no encontraron nadie mejor que
Kania, un nombre gris en la nomenklatura, para sustituirlo. Kania
solo enfrentó problemas. En la Varsovia de comienzos de los 80, entre
huelgas, protestas y escasez se sabía que el pobre hombre terminaba cada
noche junto a Wyborowa, la mejor marca entre los buenos vodkas
polacos. Quizás no fuera tan mala compañía si se tiene en cuenta que para
Pablo Picasso, según dicen los polacos, las tres cosas más sorprendentes de
su época fueron los blues, el cubismo y el vodka de Polonia.
El abrumado Kania renunció apenas un año después de asumir la pesada
herencia y fue reemplazado por un general que no evitó la quiebra del
sistema, pero logró que los rusos no invadieran Polonia una vez más. Ese
país, de historia trágica si las hay, decidió este fin de semana su
incorporación a la Unión Europea. Es el mayor de las diez naciones que ahora
tocan a la puerta de los Quince --entre ellas ocho del antiguo mundo
socialista -- y todas conformarán en breve plazo el mayor bloque económico y
político en expansión del planeta.
A votar en
favor de la unión con Europa se presentó el general que sustituyó a Kania e
implantó la ley marcial en el país poco después.
Wojciech
Jaruselski, a sus 79 años, dijo que si alguien le hubiera preguntado veinte
años atrás por un escenario semejante habría respondido que era teatro del
absurdo. “Pero así es la belleza de la vida -- añadió. Las realidades
cambian, en casa, en el mundo, en la historia y esta nueva realidad hay que
tenerla en cuenta”.
Mientras los 38 millones de polacos, sacudiéndose un pasado espeluznante,
eran llamados a las urnas para optar por la alianza continental --en triste
contraste de los caminos por los que transita Cuba al inicio del nuevo
milenio -- en el habanero barrio de Santos Suárez, ante siete mil vecinos
convocados al efecto, Fidel Castro, proclamaba su propia medida de la Unión
Europea, calificándola como ”pandillita” y "mafia aliada al imperialismo
yanqui". Castro anunció una vez más "nuevas y grandes batallas", sin
identificar claramente a los contendientes, pero casi seguro que pensando
en el Viejo Continente.
La nueva desmesura es el resultado del anuncio de que la UE limitará las
relaciones oficiales con La Habana y aumentará en cambio sus contactos con
la oposición interna, como demostración de su rechazo unánime a los
injustificados encarcelamientos y ejecuciones de las últimas semanas.
Apenas en marzo pasado la UE abría una representación en La Habana y el
comisionado Poul Nielsen, de visita oficial, anunciaba el inicio de "una
nueva relación". También parecía inminente el ingreso de Cuba al Acuerdo de
Cotonou, aplazado por muchos años por exigencias democratizadoras que los
europeos, al parecer, se disponían ahora a pasar por alto.
La decisión de Fidel Castro de poner fin a cualquier precio a la creciente
oposición pacífica echó por tierra este y otros acercamientos. El portazo en
las narices de los amigos de La Habana se escuchó en Washington, pero
también en Bruselas. Se sabe que Europa, como todas las potencias, no tiene
amigos, sino intereses y las sanciones anunciadas, sin dejar de apreciar lo
que significan en el campo político, siguen circunscritas al de la diplomacia.
Europa que, con excepción de España, ha aprovechado muy tímidamente las
oportunidades de inversión abiertas en la isla en la última década, ocupa
gracias a la ausencia del capital norteamericano ventajosas posiciones que
en otras circunstancias muy probablemente se le habrían escapado.
No ha habido recato en aceptar las desiguales condiciones del mercado
laboral cautivo de la isla, ni la discriminación de los nacionales en las
instalaciones de capital mixto, ni las ventajas de sindicatos sin huelgas y
organizaciones del partido único desveladas por defender los intereses de
los inversores extranjeros. La UE es el primer socio comercial de Cuba.
España, Italia, Francia e Inglaterra se encuentran, junto a Canadá, entre
los cinco primeros inversores. Los europeos son también los principales
clientes del mercado turístico que sostiene la economía cubana.
Quizás lo que más haya motivado la soberbia de Castro ante el anuncio
europeo sea el reconocimiento a las claras del propósito de un diálogo más
intenso y público con los opositores. Los importantes socios comerciales
legitiman así, muy oportunamente, una opción política que cada día se
perfila con mayor nitidez en el futuro de la isla y esto es algo muy duro de
aceptar para quien les abrió las puertas de su coto cerrado, aunque haya
sido a regañadientes.
No sería
inesperado que la reacción del gobernante cubano ante la decisión europea se
dirija contra los pacíficos opositores con quienes Bruselas anuncia ahora
futuros diálogos. Cada cual juega su juego con las piezas de que dispone.
Los últimos encarcelamientos fueron dictados por una presunta conspiración
con el Jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana.
James Cason sigue en su puesto diplomático y la última semana estuvo entre
quienes discutieron en Nueva York con los representantes cubanos los
espinosos temas migratorios.
La decisión
europea marca en cualquier caso un punto de viraje en su política hacia
Cuba. Es, cuando menos, la más clara definición en la política pendular de
desencuentros y sonrisas con el gobierno cubano en la última década. Los
posteriores comentarios del secretario de estado, Collin Powell, de que
Estados Unidos podría estar en el camino de una estrategia común en el caso
cubano deberían indicar a La Habana transformaciones muy importantes de su
situación en la arena internacional.
El gobierno cubano no dio una respuesta definitiva a la acción de la UE.
Tampoco lo ha hecho, recordemos, con la reciente expulsión de catorce
diplomáticos cubanos acreditados en Washington y Nueva York. Fidel Castro
repitió ahora, con simulada prudencia, que "hará las cosas, como solemos
hacer, bien pensadas". "Habrá que desenmascarar a muchos", advirtió
igualmente. Resulta difícil pensar que recurra también ahora al llamado a
las trincheras. ¿Puede alguien imaginar el peligro inminente de una invasión
ordenada por Bruselas? ¿Con soldados polacos?
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