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El Nuevo Herald EL CÁRTEL DEL QUESO BLANCO Por Raúl Rivero En estos días, en toda Cuba han estado ausentes en las casas de familias muchos bienes que solían llegar por los vericuetos del mercado negro, gracias al ingenio y las piruetas de una tropilla de mercaderes que sustituye, por voluntad propia y a petición del público, la torpeza proverbial del estado. Resulta que las vigorosas operaciones policiales que empezaron en enero
contra los distribuidores de drogas y los locales clandestinos donde se
consumen se convirtieron enseguida en azote de los focos de gestiones
privadas de los ciudadanos de bajos ingresos. Los asaltos sorpresivos a los
promotores del vicio y la destrucción de la juventud recibieron el respaldo
de una población agobiada y tensa; pero el gesto represivo hacia los
llamados luchadores de barrios, los hombres y mujeres que se arriesgan para
conseguir unos pesos sin robar viró los cañones, otra vez, hacia la
nomenclatura. El despliegue policial -carros patrulleros, ómnibus, vehículos para transportar perros entrenados- borró rápidamente del paisaje urbano a los vendedores que vienen de las zonas rurales con sus pecaminosas jabas y maletines grávidos a poner en la mesa raquítica de la libreta de racionamiento un pedazo de jamonada criolla, unas frutas, viandas, tamales y otros productos que la incapacidad estatal convirtió en clandestinos. Los dueños de las residencias que alquilan sin pagar impuestos se apresuraron a despedir a sus huéspedes, cubanos o extranjeros, y las pocas paladares que sobreviven ajustaron sus ofertas unánimes. Fuera ya del campo de esa gastronomía, animada por el soplo de Valeriano Weyler, las operaciones contra las drogas sacaron de circulación a los apuntadores de la bolita, que se tira por emisoras de Miami, y despacharon así las esperanzas de quienes sueñan por la noche con un barco y le ponen, al amanecer, 40 kilos al 23. La ofensiva para limpiar el país de estupefacientes se desvió también hacia los ya imprescindibles bancos de videos. Advertidos por la voz popular, esos competidores eficaces de la Paramount desaparecieron de sus casas los casetes, ya medio mareados por el uso, de las últimas películas que se copian de los canales de la Florida y los programas y noticieros que se alquilan por cinco y diez pesos cubanos. Los que no tuvieron tiempo, o confiaron en que eran simples bolas de la gente, vieron partir sus reservas de filmes para siempre y, a lo mejor, por no tener a mano la propiedad, vieron cómo se llevaban también su equipo de video bajo el rótulo de ``confiscado''. Otro objetivo de las fuerzas que tratan de eliminar a jíbaros y caballos del territorio nacional han sido las antenas de televisión que captan las señales del exterior. Muchos que tenían el artefacto disimulado en el balcón, entre unas macetas de flores y un cactus, lo desactivaron con urgencia y volvieron a las inquietantes mesas redondas y a enterarse, por las noticias locales, de todos los éxitos de la nación. La batalla contra los traficantes, llamada oficialmente Operación Coraza, no merece hasta el momento la atención de los medios locales de propaganda y, por lo tanto, circula, con categoría de tempestad, un rumor de anécdotas y crónicas. Se habla de que hay altos funcionarios implicados, que llamaron a contar a conocidos hombres del deporte y las artes y que en unas tumbas del cementerio de Colón hallaron sacos llenos de cocaína. Eso es ya folklore y compañía. Lo único que deja ver la coraza es un solitario spot de televisión donde se advierte sobre los peligros del uso de las drogas. Las víctimas del silencio que durante años se tendió sobre ese grave asunto deben estar bien. Gracias. La campaña antidroga, la fuerza policial desplegada con aspaviento en los barrios, detuvo las corrientes comerciales subterráneas ilegales y malditas. Aun cuando no se realicen todos los allanamientos y registros, ni los gendarmes entren a paso doble en los solares, dispuestos a confiscar hasta los radios rusos, el frío inducido congeló el escenario y provocó un miedo que ha reforzado la penuria.
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