Solos en el bosque

El Partido Comunista de Cuba después de Fidel Castro.

por ALCIBíADES HIDALGO, Washington

 

El día después de la muerte más esperada en la historia de Cuba, el Partido Comunista dispondrá finalmente de su oportunidad para intentar ejercer a plenitud el papel de "vanguardia organizada marxista-leninista de la clase obrera" o "vanguardia organizada de la nación cubana y fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado", conque se autodefinió —desde hace varias décadas y con patrones de ortodoxia leninista— en los dos textos constitucionales redactados bajo el poder que Fidel Castro ejerce hace ya casi medio siglo.

R. Castro

Juan Almeida (izq.), Raúl Castro (dcha.): ¿Rostros de la sucesión designada?

 

 

Como ya demostró la historia del poder soviético y de los países socialistas de Europa Oriental, donde los respectivos partidos comunistas decidieron efectivamente sobre el destino de la sociedad en mucha mayor medida que en el caso cubano, el ejercicio de ese poder no trajo consigo la realización de las promesas de transformaciones económicas y sociales del ideal socialista, ni la preservación del sistema, que terminó generando desde su interior las causas de su desaparición.

En Cuba, a estas circunstancias comunes del "socialismo real", hay que añadir las limitaciones impuestas al desenvolvimiento interno del partido único y a su real influencia en la vida del país, por la omnipresencia de un primer secretario del Comité Central que ha acumulado, además, los títulos de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Comandante en Jefe y Máximo Líder para administrar la nación como una propiedad personal.

Para intentar comprender las posibles acciones y opciones del Partido Comunista del "día después", son imprescindibles algunos antecedentes de su presencia dentro de la revolución cubana y una mirada desde dentro, en vísperas del cambio inevitable.

Un partido para la revolución

A semejanza de los "partidos hermanos" que gobernaron los países del Bloque del Este europeo por más de cuatro décadas (o por más de siete en la desaparecida Unión Soviética), el Partido Comunista de Cuba (PCC) es una organización política concebida y estructurada para ejercer y conservar indefinidamente el poder. A diferencia de sus hermanos europeos y asiáticos, el PCC no dirigió ni participó en la toma del poder que luego le encargarían encabezar. No estuvo siquiera presente el día de su nacimiento: el PCC no dirigió el triunfo revolucionario con brillantes estrategias y acciones de corte bolchevique, sino fue una creación política de los guerrilleros vencedores, una vez establecidos en el poder.

Las páginas épicas de la derrota del viejo orden (o al menos su muy retocada versión actual) se atribuyen  exclusivamente al genio militar y político de Fidel Castro. Al partido, en el que deberá descansar en un momento cercano la sucesión revolucionaria, le ha correspondido el mucho más modesto rol de intentar administrar y dar coherencia a un proyecto político, económico e ideológico manejado al arbitrio por su creador. Estas grietas en su legitimidad, como heredero colectivo del fundador del "primer Estado socialista del continente americano", se harán más evidentes sin la presencia del caudillo.

El núcleo del poder político cubano ha estado invariablemente constituido desde 1959 por un reducido grupo de participantes en la guerra de guerrillas de la Sierra Maestra, procedentes —en los años tempranos de la revolución— del Ejército Rebelde y, posteriormente, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), la organización militar del poder revolucionario, una vez en el poder, y su principal institución. La condición sine qua non para integrar este núcleo dirigente ha sido la lealtad incondicional a Fidel Castro.

Las distintas tendencias y personalidades que formaron parte del Movimiento 26 de Julio (M-26-7) —un movimiento de aspiraciones y estructura imprecisas— fueron subordinadas durante los cinco años de lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista y desde los primeros momentos del triunfo revolucionario a las decisiones de Fidel Castro, quien impidió desde entonces el ejercicio de una dirección colectiva y apartó invariablemente de posiciones de dirección a adversarios ideológicos o posibles contendientes de su liderazgo.

Un proceso similar, aunque mucho más accidentado, puede observarse en la fusión del M-26-7 y las otras dos fuerzas escogidas después del triunfo de 1959 para integrar formalmente la dirección revolucionaria: el Partido Socialista Popular (PSP), organización tradicional de los comunistas cubanos, y el Directorio Revolucionario 13 de marzo (DR-13 de marzo), de origen universitario.

Estas tres fuerzas políticas iniciaron un proceso unificador en 1961 bajo el nombre de Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), que a pocos meses de constituida enfrentó su primer cisma, provocado por denuncias de Fidel Castro contra varios de los principales dirigentes del PSP, que habían entregado al Comandante rebelde la jefatura del partido político de los marxistas cubanos. En lo adelante, los dirigentes comunistas de la época prerrevolucionaria, que transfirieron a los jóvenes guerrilleros su organización, proporcionaron el sustento ideológico inicial y contribuyeron decisivamente al rápido reconocimiento de la Unión Soviética de la inesperada revolución cubana, estarían, salvo excepciones, relegados del núcleo de poder. En el caso del DR-13 de marzo, la subordinación ha sido mucho más evidente, al punto de aparecer apenas como un componente insignificante del poder revolucionario.


El nacimiento del 'monstruo'

El Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC) ocupó el lugar de las efímeras ORI a partir de 1962, para dar paso finalmente al Partido Comunista de Cuba, constituido mediante un proceso de designación de sus dirigentes y una selección extremadamente reducida de sus miembros en la base. El camino de esta integración no estuvo exento de luchas entre facciones rivales, resueltas invariablemente por la intervención personal de Fidel Castro. Su primer Comité Central, hecho público en octubre de 1965, estaba integrado por cien protagonistas del proceso revolucionario, con una muy amplia presencia militar en su seno, característica futura de la dirección de la organización política. En el primer Buró Político de ocho miembros, seis ostentaban el grado de Comandante, obtenido en la lucha guerrillera.

La constitución de este partido único, pese a todas las afirmaciones oficiales, no significó que asumiera la dirección suprema del proceso revolucionario. En 1969, cuatro años después de su aparición pública, apenas contaba con 55.000 miembros y tendría que esperar hasta 1975 para convocar su I Congreso, celebrado como parte de la adopción de un sistema institucional de marcada inspiración soviética.

En la década transcurrida desde el anuncio de la constitución formal del primer Comité Central del PCC hasta su primer congreso, el país vivió uno de los períodos más acusados de aventurerismo económico y político, siempre a merced de las decisiones personales de Fidel Castro. La fracasada campaña para alcanzar diez millones de toneladas de azúcar en 1970, dos años después de la muerte de Ernesto Che Guevara en Bolivia, basta para ilustrar la época. Mientras el Comandante en Jefe experimentaba originales soluciones para todos los problemas de la sociedad, el Partido Comunista, supuestamente rector del destino de la nación, permanecía sin estatutos ni programa y a la espera de su primer congreso, aunque invariablemente fiel a su fundador.

A partir del I Congreso, su presencia en el entramado social se hizo más evidente. La membresía que llegaba a 202.807 (2,2% de la población) en 1975, creció en la década siguiente hasta 523.639 (cifra anunciada en el III Congreso de 1986). En 1991 formaban parte del partido 611.627 personas y en el momento del V Congreso, el último, celebrado en 1997, se hallaba cercano a los 800.000 miembros de una población adulta superior a 6 millones.

El notable aumento de los últimos años es el resultado de un marcado esfuerzo por impedir el decrecimiento cuantitativo de la membresía tras la desintegración del bloque socialista europeo, cuando decenas de miles de los integrantes del PCC renunciaron a sus filas. Los requisitos para integrar la única fuerza política reconocida en la sociedad cubana —que proporciona, además de incómodos deberes, evidentes ventajas en las aspiraciones individuales— fueron notablemente rebajados con ese objetivo.

La convocatoria con cierta regularidad a sucesivos congresos a partir de 1975, la extensión de las estructuras partidistas a prácticamente todos los organismos, instituciones y territorios del país y la existencia de una enorme cadena de dirección, que incluye organismos municipales, provinciales y un amplio "aparato auxiliar" del Comité Central, además del control que ejerce sobre todas las otras organizaciones sociales y políticas del país que invariablemente se le subordinan, hace suponer al Partido Comunista como una formidable y disciplinada fuerza capaz de conocer, analizar y decidir sobre los más disímiles aspectos de la vida nacional. La realidad puede ser diferente.

El partido desde dentro

Si no bastara la experiencia histórica de los países socialistas europeos —en los cuales organizaciones de apariencia tan sólida como el PCC desaparecieron como un espejismo ante el despertar de la sociedad, cuando ésta no reconoció más la legitimidad de su poder—, un conocimiento más íntimo del partido de los comunistas cubanos en sus bases y órganos dirigentes revela una organización enajenada en la ejecución de un proyecto político y económico apenas identificable, corroída por un asfixiante centralismo, burocracia, disciplina formalista, procedimientos rituales, ausencia absoluta de debate interno, corrupción y oportunismo político, entre otros males profundamente enraizados.

En sus bases, la actividad real del partido único apenas se aproxima a las múltiples exigencias y propósitos de sus estatutos y numerosos reglamentos. Una buena parte de sus integrantes participa en las actividades por su carácter obligatorio antes que por motivaciones políticas. La intolerancia que caracteriza a la sociedad cubana domina el funcionamiento interno de la organización, en la cual un verdadero ejército de dirigentes profesionales supervisa las reuniones de base, impide cualquier atisbo de opinión independiente y trasmite decisiones de los organismos superiores, que generalmente acarrean nuevas limitaciones en la vida profesional o personal de los militantes de base.

Estos deben aceptar, sin posibilidad de réplica, todas las "tareas" que le asigne la organización e informar periódicamente al colectivo partidista de su desempeño laboral, circunstancias familiares, incluida la educación y formación  ideológica de sus hijos, participación en actividades políticas en su lugar de residencia, preparación militar e ingresos económicos extra laborales, para todo lo cual los militantes comunistas de base recurren habitualmente a la más completa desinformación, recibida con ánimo de laissez faire, laissez passer, por sus también poco motivados inquisidores.

Esquivando el debate

Las convocatorias a congresos del PCC no han ofrecido oportunidades para enfrentar el análisis de los problemas sociales, económicos o políticos dentro del único partido político permitido, como supuestamente le reclama su función dentro de la "sociedad socialista".

El intento más cercano —la discusión en sus bases a partir de una decisión del Buró Político en 1990 del "Llamamiento al IV Congreso", un documento que solicitaba las opiniones de los militantes de base sobre la situación nacional— fue truncado por los elementos más conservadores dentro de la dirección partidista, abrumados por el número de críticas y propuestas de cambios que emanaron de centenares de núcleos, en especial dentro de los medios intelectuales.

El examen en el Secretariado del PCC del acta correspondiente a la discusión del llamamiento en las organizaciones de base del PCC en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), con afirmaciones consideradas poco menos que anatemas, dieron el tiro de gracia a ese intento malogrado de reflexión sobre el destino del país.

Los acuerdos de los propios congresos no han tenido mejor suerte. Las tibias reformas a los procedimientos electorales auspiciadas por el IV Congreso, que permitieron una nueva ley que en 1992 introdujo, entre otros cambios, la posibilidad de que los electores ejercieran en mayor medida sus preferencias entre los diversos candidatos propuestos para los órganos del Poder Popular, fueron rápidamente diluidas por una campaña iniciada personalmente por Fidel Castro, que insta desde entonces a ejercer el "voto unido", una aceptación en bloque de todos los incluidos en la boleta electoral, lo que es considerado por el Máximo Líder y la propaganda como "un voto por la Patria".

En ocasiones, los congresos del Partido han servido para echar abajo reformas ajenas a la inspiración de Fidel Castro, como sucedió en 1986 con los Mercados Libres Campesinos, eliminados en una sesión plenaria del III Congreso por el primer secretario sin una discusión previa del controvertido asunto con la dirección de la organización. Sólo renacerían una década después, en medio de incipientes revueltas populares en Ciudad de La Habana que precipitaron una nueva crisis migratoria y pocas y apresuradas reformas económicas.

Dólares y nuevos portazos

Hoy, algunos analistas de la situación cubana estiman que la transición que el sistema se niega a aceptar ha comenzado, de hecho, desde la introducción de limitadas reformas económicas tras la desaparición de los aliados socialistas europeos. Alegan, entre otros rasgos evolutivos, un fortalecimiento de la sociedad civil, que ha creado "islas de autonomía", y otros elementos de transición hacia un régimen "post-totalitario", según los términos acuñados en la experiencia de Europa del Este, señales de cambios en realidad muy difíciles de apreciar en la Cuba de hoy. Un análisis de esa hipótesis va más allá de los límites de este trabajo.

Es indudable, no obstante, que la relativa apertura económica motivada por la crisis que siguió al colapso de la década de los noventa ha significado retos de nuevo tipo para el monopolio político del PCC. Su propia estructura sufrió el peso de la crisis: el "aparato auxiliar" del Comité Central se vio disminuido en un 50% y sus departamentos, encargados de supervisar sectores económicos o sociales, reducidos de 19 a 9. La aparición de una nueva clase empresarial socialista, designada por el Estado, pero impelida a actuar con métodos capitalistas y dentro del privilegiado sector de la economía "dolarizada", es un fenómeno sui generis que ha acentuado, además, la corrupción generalizada en la sociedad cubana.

La nomenclatura del PCC, no obstante, está abundantemente representada en estos nuevos estamentos económicos. Al igual que en el caso de militares de alta graduación designados en posiciones claves en la economía mixta surgida del llamado "período especial en tiempo de paz", dirigentes del partido único que ceden posiciones en la organización política a generaciones más jóvenes, ocupan las gerencias de empresas de la economía en dólares, en sectores privilegiados del turismo o el comercio, con un compromiso de fidelidad política hacia sus patrocinadores, que sólo la vida demostrará si son capaces de asumir en un inevitable escenario de cambio.

Frente a las reformas aceptadas a regañadientes, el PCC como organización ha auspiciado limitaciones antes que aperturas. Su V Congreso, celebrado en 1997 cuando ganaba espacio político un ambiente de contrarreforma en medio de una muy modesta recuperación económica, aprobó, en plena coincidencia con los criterios de Fidel Castro, dos documentos principales: una resolución económica que daba un portazo en las narices de los promotores de cambios, y otra política, titulada "El Partido de la Unidad, la Democracia y los Derechos Humanos que defendemos", uno de los más grises y antiliberales programas políticos que recuerde la historia del continente, sometido formalmente a la "discusión abierta de más de seis millones de cubanos".

La estrategia de la reforma limitada ha permanecido inalterable desde entonces. Seis años después del V Congreso, el PCC no parece dispuesto a convocar el siguiente, que debería enfrentar el dilema entre la escogida sucesión y la transición inevitable. La nueva contracción económica de los últimos tres años, la disminución del número de inversiones extranjeras registradas en 2003, un aislamiento internacional sin precedentes luego de la mayor ola represiva en varias décadas y, sobre todo, el crecimiento incontenible de la oposición interna democrática y la falta de una estrategia para salir de la crisis, no motivan a la reflexión colectiva en el partido único.

En 2003, varias sustituciones y movimientos señalan en cambio un reagrupamiento en los órganos de dirección provinciales y el Buró Político de los elementos más conservadores. De esta dirección, en vísperas de la época de cambios, siguen presentes los principales mandos militares, al igual que en los primeros tiempos del poder castrista. En torno a Fidel Castro, simultáneamente, se agrupa otra generación de aspirantes a la herencia del poder, diferente de la vieja guardia en extinción. El capital político de estos "jóvenes talibanes", escogidos por su admiración personal y compromiso de lealtad ilimitada al caudillo, se basa en el "factor de la cercanía", ventaja que concluirá obviamente con el fin biológico del Máximo Líder, como han identificado correctamente los más agudos interpretes de la realidad nacional.

Más allá del día después…

Este es, esencialmente, el Partido Comunista que anunciará a Cuba y al mundo la muerte de Fidel Castro e intentará conservar su poder. Al frente de la organización se situará inmediatamente —en el caso más biológicamente lógico de que sobreviva a su hermano mayor— Raúl Castro, ministro de las FAR desde 1959 y heredero de los cargos principales en el Estado, el gobierno y el partido. El menos conocido, menos carismático y más pragmático de los Castro ha sido, sin embargo, el principal organizador y sostén de las dos instituciones sobre las que intentará descansar la sucesión: las Fuerzas Armadas y el Partido Comunista. Con él presente, no habrá discusión sobre el derecho de sucesión.

Las formas institucionales en que las FAR y el PCC se complementarán en el crucial instante de la desaparición de Fidel Castro ya han sido establecidas y ensayadas. Un escenario de urgencia, posible agresión exterior —y patriotismo y unidad nacional exacerbados en consecuencia— se presentará al país como preludio de la muy probable proclamación del Estado de Emergencia Nacional, establecido por ley desde hace varios años.

En esta circunstancia, la estructura del Partido, y con ella el gobierno y de hecho toda la vida social, se militarizará durante el tiempo necesario para permitir los cambios formales en el escalón de sucesión de las principales instituciones del país. Los Consejos de Defensa —establecidos en virtud de los postulados de la llamada "Guerra de Todo el Pueblo", doctrina militar oficial— aparecerán en sus diferentes instancias nacional, provincial, municipal y de base como la más visible cara del poder en el crítico momento, integrando a la organización política en los mecanismos de decisión previstos para las urgencias militares.

Aunque la más probable reacción social será la aceptación esperanzada, sorprendida y expectante ante el inevitable acontecimiento, las opciones represivas están también previstas en el caso de que alguna circunstancia provoque el desorden o la revuelta popular. En las principales ciudades tropas especialmente entrenadas para estos fines estarán a la disposición del mando político-militar que asumirá el control del país. El resto de las tropas regulares y de las Milicias de Tropas Territoriales que componen los mecanismos militares previstos para la situación de "Tiempo de Guerra" deberán hallarse también listos para la acción.

Si estas circunstancias iniciales transcurren sin contratiempos los órganos formales del poder, Buró Político, Consejo de Estado, Comité Central del PCC y la Asamblea Nacional del Poder Popular investirán en sus cargos al sucesor designado, quien muy probablemente ocupará sólo algunos de los títulos que su hermano ostentó, realizando una división de responsabilidades entre las tareas del gobierno, el partido y las Fuerzas Armadas, largo tiempo esperada, más a tono con sus propias concepciones personales y en busca de cierto consenso de dirección colectiva y demostración de fin del caudillismo. El reducido grupo que hoy participa en la dirección del país aceptará de buen grado estas decisiones, alentados por un elemental sentido de supervivencia.

La desaparición prematura del heredero político de Fidel Castro, también posible, abriría un escenario mucho más incierto para la selección del Primus Inter Pares, entre el puñado de aspirantes al poder, tan carentes de ascendencia popular como el sucesor designado, pero huérfanos además de su dominio de los mecanismos de control del país. En estas circunstancias, el fin del esquema de sucesión será mucho más expedito y accidentado.

¿Sobrevivirá el castrismo a Castro?

Los desafíos de la legitimidad reducida comenzarán para todos de forma inevitable e inmediata. Fidel Castro ha rechazado consciente y sistemáticamente toda posible reforma de un sistema que no las admite. Sus sucesores tendrán ante sí el formidable reto de una economía en crisis, la expectativa de urgente cambio generalizada en la sociedad cubana, el crecimiento inocultable de una oposición pacífica y democrática, la presión del exilio y la comunidad internacional y, en algunos casos, su propia percepción racional de la imposibilidad de impedir las reformas.

Sin los muy estrechos límites impuestos por el actual primer secretario, sus herederos en el PCC intentarán con toda probabilidad ensayar, a destiempo y en circunstancias desfavorables, las exitosas fórmulas de los regímenes comunistas asiáticos para preservar el poder político por medio de radicales transformaciones económicas, a las cuales Fidel Castro ha prestado oídos sordos. Las fuerzas del cambio presentes en el caso cubano y la escala de la economía de la Isla demostrarán muy probablemente la futilidad de este empeño.

El PCC, no obstante, intentará sobrevivir en todas las circunstancias. Las recientes decisiones de represión, limitaciones a la oposición y la prensa independiente, y enclaustramiento de la sociedad cubana privándola de los instrumentos de la revolución de la información, indican una opción ideológica de reafirmación del signo numantino, ya proclamado tras el fin del socialismo europeo. De fracasar en su intento de inmovilización social, tratará de aplicar las experiencias de los partidos sucesores en la Europa socialista, que han sido estudiadas cuidadosamente por el partido gobernante cubano, dispuesto a disputar en cada nuevo escenario toda parcela del poder.

Si no se quiebra violentamente el esquema de sucesión, contarán para ello con las mismas ventajas que han mostrado otras organizaciones comunistas en la post-transición, es decir, la capacidad organizacional de partidos largamente establecidos, la falta de tradición democrática, la escasa organización de los grupos opositores, los problemas generados por la propia transición y la persistencia de valores socialistas en sectores de la sociedad.

El rumbo y el ritmo del cambio pueden ser muy diversos. Pero el castrismo no sobrevivirá a su creador. La institución política encargada de sucederlo y legitimarse en el intento lleva en sí misma el germen de su destrucción, como ya enseñó el fin del socialismo europeo. Lograr su desmantelamiento sin acudir a un nuevo ciclo de violencia nacional constituye el principal reto para todos los cubanos. La iniciativa política tiene que corresponder a las fuerzas democráticas del cambio, que deberán imponerse a los esquemas planeados por el partido único de hoy para el día que amanezca sin caudillo y se percate de su inevitable desamparo, en la soledad del bosque en el que lo abandonó Fidel Castro.