CAPÍTULO 14 
ETIOPIA: OPERACIÓN BARAGUA

 

En la década de los sesenta tiene lugar una larga serie de eventos que facilitarán la presencia del bloque soviético en el área: el diferendo entre Etiopía y Somalia por el desierto del Ogadén, el cambio de Somalia como estado‑cliente soviético por Etiopía, y la participación soviético‑cubana en los inextricables revoltijos del Ogadén, Tigré y Eritrea.

   La URSS, Cuba y China se lanzan en una puja por Somalia, a todo lo largo de los años sesenta. Aún no ha sido analizado del todo el papel substancial del Partido Comunista Italiano en los eventos que desembocan en la ascensión al poder de Mengistu Haile Mariam y sus gestiones por lograr que éste sea apoyado por Cuba y la URSS. La URSS comenzó a navegar con destreza en Somalia por intermedio del Partido Comunista Italiano y de elementos marxistas somalíes parapetados en los sindicatos1. Todos ellos amparan la unificación de los territorios ocupados por tribus somalíes en manos de Etiopía y Kenya, o sea, favorecen la creación de “la Gran Somalia”.  

   Al término de la década del setenta, Cuba, al igual que la URSS, contribuye a reverdec­er el sueño somalí de hacerse del Ogadén; a tal efecto ayuda a conformar el Movimiento de Liberación de la Somalia Occidental y está presente en el entrenamiento y equipamiento del ejército regular de Mogadicio. La prensa y la retórica oficial cubana calificarán como la Somalia ocupada a la posesión francesa del Yibuti, trozo desértico atravesado por un sinuoso ferrocarril de una sola vía que desemboca en un puerto del Océano Indico. Cuba mantendrá su contribución al movimiento de liberación de la Somalia Francesa, para irritación de París.

   En enero de 1964, Somalia comienza a recibir pertrechos procedentes de la URSS; seguidamente se verifica la inestabilidad en la frontera etíope‑somalí. El fortalecimiento del aparato militar somalí suscita un desbalance institucional de tal magnitud que el posterior golpe de estado pro-soviético, resulta un corolario casi automático.

   A través de un violento amotinamiento castrense, el 21 de octubre de 1969 ascenderá al poder Barré, soldado entrenado en los ejércitos italianos inspirado en el naserismo. Por otra parte, los soviéticos comienzan a estructurar los servicios secretos somalíes, proponiendo para su jefatura a uno de sus favoritos, el coronel M. Suleiman. Esta alianza confidencial se confirma en la visita privada que realiza a Mogadiscio en 1972 el por entonces caporal de la KGB Yuri Andropov2.

   Ya desde 1968, la presencia física de los moscovitas comienza a sentirse en Somalia, en una doble conveniencia donde ésta pretenderá usar a los euroasiáticos como piedra de toque para saltar sobre Etiopía. Para los soviéticos y los cubanos resultaba claro que el control sobre Etiopía aportaba no sólo el dominio del Cuerno de África, sino también una posición beneficiosa en la creciente carrera con Estados Unidos por el Océano Indico. 

   En febrero de 1972, el ministro de defensa soviético, mariscal Grechko es invitado a Somalia, donde se firma un protocolo según el cual la URSS obtiene instalaciones navales en las costas del Indico, que incluirán el emplazamiento de plataformas coheteri­les, instalaciones de comunicaciones, una base para su flota naval y submarinos en los puertos de Berbera y Birikao, y facilidades para sus bombarderos de largo alcance en el aeropuerto de Van‑Le‑Van. 

   En mayo de 1972 Barré, acompañ­ado de su ministro de defensa, es agasajado en la URSS y Corea del Norte, en un intento por organizar las fuerzas somalíes destinadas a operar en el Ogadén. Estas unidades serán acondicionadas por instructores cubanos en campos de adiestra­mientos coreanos. Para abril de 1976, los servicios secretos británicos daban cuenta de estos arreglos, estimando que los soviéticos ya disponían en Somalia 2,500 soldados y los cubanos alrededor de 650, incluyendo pilotos de guerra, amén de un extenso arsenal bélico3.

   Según Barré, durante su etapa de luna de miel con los soviéticos y cubanos estos le habían confiado que Somalia resultaba una plataforma importante para la conquista del Cuerno Africano.  Una Somalia militar­ment­e equipada podría hacerse del Yibuti, alentar movimientos guerrill­eros en Kenya, propiciar el derrocamiento del presidente sudanés Gaafar El Nimeiry, y el ascenso del partido comunista del Sudán. Los soviéticos y cubanos se proponían que Barré estrangulase a la Etiopía de Selassie y provocase la secesión del Ogadén y Eritrea. Todos estos pasos estaban enfilados, según Barré, a la ocupación final del Cono Sur con sus cuantiosos recursos mineros y su localización neurálgica que le permitiría al bloque cubano-soviético privar al Occidente de vitales rutas navales.

   Barré expone que Yemen del Sur, Cuba y la URSS esperaban la explosión del conflicto fronterizo con Yemen del Norte para lograr mediante la supremacía militar la fusión de ambos países en un estado que sirviese de contrapeso a la Arabia Saudita y que desestabilizara al Omán y a los Emiratos del Golfo.

 

LA CAIDA DEL NEGUS      

 El año de 1974 es clave en la mar de incidentes políticos que se escenifican en todo el continente africano, porque acontecen el desmorona­mien­to del imperio de ultramar portugués y el colapso del estado monárquico etíope. La cruenta derrota del ejército imperial de Etiopía a manos de los guerriller­os eritreos, entre diciembre de 1973 y enero de 1974, y el millón de víctimas de la horrenda hambruna en Tigré y Wollo, serán sin dudas los catalizadores del huracán social que dará al traste con el ya senil déspota Selassie.

   Una junta militar toma el poder en Addis Abeba a título de resolver la escandalosa hambruna, el "affair­e eritreo" y el contencioso del Ogadén. Pero una facción dentro de esta junta, encabezada por el coronel Mengistu, se proclama contraria a la autonomía de las diferentes nacionali­dades y a la solución negociada de Eritrea.

   Mengistu, entrenado en academias militares norteamericanas y de pensamiento nihilista, trae consigo fuertes ambiciones personales. Se presentará como un consumado marxista, ascendiendo a la cima en medio de una purga cruenta que transformará la Junta Militar del Derg en una dictadura personal, configurando el bonapartismo de la revolución etíope4.

   El 23 de noviembre Mengistu determina el arresto del general Amán Andom, decano de la junta militar, a quien fusila junto a 95 de sus oficiales. Este baño de sangre precipita a los golpistas por una pendiente de ejecuciones y crímenes que sobrecogen al país, clausurando toda opción civilista de gobierno y de arreglo pacífico con Eritrea.

   Por lo menos cinco partidos de izquierda emergen en las espantosas semanas que presencian el desplome del ancién regimen de Selassie: el Movimiento Socialista de Toda Etiopía (MEISON), la Llama Revolucionaria (SEDED), el pro-soviético Lucha Revolucionaria por el Pueblo de Etiopía (EPRG), la La Liga Proletaria (WOZLEAGUE) y la Organización Revolucionaria Marxista‑L­eninista (MELERID). Estas organizaciones le disputan a Mengistu la regencia de la revolución en una lucha intestina de la que saldrá triunfante la soldadesca luego de liquidar alrededor de 30 000 militantes de esta oposición organizada.      

   Así, la reconstrucción del gobierno centralizado patrocinada por una claque militar recostada a la URSS y Cuba resultará una réplica del viejo estado imperial, a la vez que una fuente de discordia. En 1975 Cuba pacta relaciones diplomáticas con Etiopía, ante las críticas de Barré quien es recibido en La Habana en ese mismo año. A mediados de 1976, en los momentos en que Mengistu se hace espacio hacia la cúspide de la junta militar, los soviéticos y los cubanos establecerán contactos secretos con él. Mengistu presenta una lista de necesidades para ampliar su capacidad militar ante la inminente y temida confrontación fronteriza y pide la mediación de Moscú y de La Habana cerca de Somalia, como también la de los países africanos que sostienen logísticamente la disputa en Eritrea.

   En julio de 1976, después de una acre discusión en el seno de la junta militar sobre el tema eritreo, Mengistu ordena la movilización de los órganos de seguridad y de unidades leales, para prevenir cualquier reacción al asesinato del gobernador militar en Eritrea, general Getachew Nadew, y de los comandantes Sissay Habte y Kiros Alemayeh­u, que él mismo había ordenado. A fines de ese año, el dominio de la junta militar vacila ante la pleamar guerrillera en la Eritrea y el tajo desértico del Ogadén, así como las constantes manifestaciones de las organizaciones políticas de izquierda, las estudian­tiles y los sindicatos.

    La URSS se compromete a proveer los artefactos de muerte necesarios para apuntalar a Mengistu en Eritrea y así consolidar su potestad. En los meses concluyentes de 1976 un alto número de militares soviéticos y cubanos llegan a Eritrea con la misión de ensamblar el material bélico que va llegando5. Ya para 1977‑78 es evidente que la KGB ha decidido estabilizar el Cuerno Africano, fortificando a Mengistu y buscando a propósito cómo expulsar a los Estados Unidos de Etiopía. La URSS aún negociará con los eritreos y los somalíes para hacerlos entrar en razón y contener astutamente el conflicto, eliminando de paso a figuras titubeantes en el tablero de Yemen del Norte y de Yemen del Sur. 

   Con el apuntalamiento de la URSS, Mengistu se mueve durante todo el año 1977 con absoluta confianza aplastando a sus opositores. Castro expresa públicamente, en el recibimiento oficial a Mengistu, que desde mucho antes de que el etíope asumiese el control de la junta militar, ya existían entre ellos relaciones personales directas6.

   El 5 y 6 de enero de 1977 sostiene una audiencia con Castro en La Habana una delegación conjunta palestino‑Libia donde se aborda la debacle del Líbano y se discute el tenso asunto del cuerno africano. La OLP sugiere a Castro que convocase una conversación entre los mandatarios de Somalia y Etiopía para diseñar una federación de todo el Cuerno de África, que ofreciese un recurso al problema Eritreo. Al principio los soviéticos no divisaron benefic­io alguno en el conciliábulo y aceptaron suscribirlo sólo por que Arafat y Castro estaban comprometidos en ella.

   En la tarde del 3 de febrero de 1977, el grueso de los miembros del Derg asiste a una sesión rutinaria en el palacio Menelik; en el orden del día nada extraordinario figuraba. Las confiadas cestas militares que regían los destinos etíopes, ni remotamente imaginaban el juego mortal que Mengistu le tenía reservado. En medio de la sesión, Mengistu se retira con el pretexto de realizar una llamada telefónica. Detrás de Mengistu entra como una tromba su guardia pretoriana que barre la mesa de conferencia con ráfagas de ametralladoras7. Detrás de la guardia pretoriana entran los bedeles de palacio con enseres de limpieza mientras otros cargan apresuradamente con los cuerpos sangrantes. De esta forma, Mengistu se inviste del poder hegemóni­co; 24 horas después recibirá un mensaje oficial de felicitación de Castro8.

 

EL COMPROMISO DE CASTRO

 En febrero de 1977 una pequeña fuerza al mando del general Ochoa atraca en el puerto de Asmara, donde el ejército de Mengistu se halla encajonado ante una ofensiva de los aguerridos eritreos. El general Ochoa destaca un contingente en Addis Abeba, para organizar cuerpos de milicias que puedan sustituir al ejército etíope destacado en Eritrea. Días después, otra misión militar y miembros de la seguridad e inteligencia cubana arriban a Addis Abeba. Sobre el terreno se hallan todos los componentes de la futura ofensiva sobre Somalia: Cuba, Alemania Oriental, Yemen del Sur y la URSS. 

   Castro inicia su gira africana con una agenda voluminosa que incluye: explotar su reciente conquista de Angola; mezclar a Khadafi en el Cuerno Africano; mediar en la revancha etíope‑somalí; palpar la fiabilidad de Barré con el bloque soviético; y lograr el concurso de los yemenitas en cualquier conflicto en la zona.

   Acompañado de sus altos funcionarios, generales y de una impresionante guardia personal, Castro aterriza en Argelia el primero de marzo de 1977, y de allí procede para Trípoli. A la luz de las relaciones con Mengistu, Castro y Khadafi deciden renunciar a la colaboración que ambos brindan a las guerrillas eritreas, dibujándose el espectro de una guerra religiosa y civil.

   Khadafi ofrece sus oficios con los países árabes para obligar a que los eritreos depongan su resistencia a Mengistu. A cambio, Castro queda en cooperar con los planes libios en el Sájara9. El mandatario cirenaico solicita la remisión de fuerzas cubanas para emplazarlos en los lindes con Egipto. Castro determina cancelar su visita al Irak el día 10, y vuela hacia Adén para explorar la posibilidad de una federación entre Etiopía y Somalia, y así eludir un encontronazo bélico que colocaría al bloque soviético en la disyuntiva de elegir entre dos aliados. 

   El 14 de marzo Castro recala con el general Ochoa en Addis Abeba y queda con Mengistu en mandarle una cifra superior de militares. Días después los cubanos se trasladan al otro bando, a Somalia. Allí, el presidente Barré le echa en cara a Castro sus aportes militares a Etiopía. Barré exige el cumplimi­ento de las promesas de cooperación para la recuperación del Ogadén. Castro convence a Barre de sostener una negociación secreta con Mengistu en Adén, que se llevará a cabo el día 16 con la asistencia suya y de los líderes yemenitas10. La idea de la federación es rechazada por todas las partes en disputa. El cubano se muestra estupefacto ante la rígida postura de Mengistu, quien rehúsa discutir los litigios territoriales de Etiopía11

   El 2 de abril, el dirigente soviético Nikolai Podgorny hace escala en Somalia12 durante su turné africana donde sostiene acaloradas discusiones con Barré. El bloque comunista lanzará de inmediato una campaña difamatoria en la que se culpará a Somalia del fracaso de la mediación. El 4 de abril Castro y el general Ochoa llegan a Moscú, donde con Podgorny, Brezhnev, y otras altas figuras soviéticas analizan los imperativos geográficos y pormenores del apoyo que se deberá prestar a Mengistu en su contienda armada con Somalia. 

   El resultado fue rápido e impresionante; un arsenal de equipos bélicos, en el que se incluyen aviones, tanques y artillería, comienza a volcarse en Etiopía junto a una multitud de instructores yemenitas y otro conglomerado adicional de 200 cubanos. En abril de 1977, el general Ochoa traslada al Ogadén las divisiones etíopes Gessit y Tercera, para hacer frente a la embestida de los eritreos. La decisión del general Ochoa debilita en extremo el frente sur, pero logra ganar tiempo mientras espera la logística soviética que luego usará para pertrechar a los etíopes, y organizar las fuerzas cubanas que van llegando13.

   El 3 de mayo de 1977, Mengistu parte hacia la URSS para concretar varios acuerdos, entre ellos la compra de armas que será financiada por Libia14. Mientras se halla negociando en el Kremlin, sus fuerzas de seguridad desatan la represión contra las organizaciones estudianti­les marxistas y de izquierda15.

   A mediados de mayo, comienzan a llegar los cargamen­tos de armas soviéticas, que expide de inmediato a los bastiones enclavados en Eritrea. En junio, varias brigadas etíopes tienen que retroceder en tórrido Ogadén; un mes después ya las acciones se tornan críticas en esa región con la entrada de 80 000 efectivos más de la milicia regular somalí, apoyados con 280 tanques, 300 carros blindados, 500 piezas de artillería, 50 cazas MiGs y un escuadrón de bombarderos IL-28.

   Por su parte, el general Ochoa sólo dispone a estas alturas de 5 divisiones etíopes, alrededor de 1200 soldados cubanos defendidos por 30 tanques, algunos vehículos blindados y piezas de artillería y un par de escuadrones aéreos de cazas. El empujón somalí en el Ogadén, que se realiza como dos puntas de una tenaza, logra alcanzar, no sin apuros, los bordes de la meseta central etíope. Acantonadas en estas escabrosas cordilleras, las huestes somalíes, constantemente reforzadas, dominarán el enorme valle que constituye la parte central del país, donde están acantonadas los bisoños batallones del general Ochoa.

   La sorpresa de la penetración somalí logra interrumpir las comunicaciones y el tránsito por ferrocarril y carretera, manteniendo las unidades etíopes clavadas en puntos fijos. El general Ochoa concentra sus hombres y su puesto de campaña en los poblados de Jijiga, Harar y Diredawa, que son sostenidos con tenacidad. La URSS y Cuba ganarán tiempo para agrupar tropas y equipos, y poner a punto la técnica de combate que se recibe. En el paradero militar de Tatek cerca de la capital, los instructores del general Ochoa fabrican aceleradamente 5 nuevas divisiones etíopes ante la amenaza de los ejércitos invasores somalíes que ya sobrepasan los 300 000 hombres.

   Preocupada por el volumen logístico que del bloque soviético recibe Mengistu, Somalia asume la iniciativa y desata la tormenta sobre la gran planicie del frente de batalla, lanzando sus brigadas acorazadas contra Jijiga, Harar y el valioso nudo ferroviario de Diredawa. En esa localidad son rechazadas por las divisiones del general Ochoa, que hacían tronar sus baterías de grueso calibre.

   A mediados de agosto de 1977 pasa secretamente por Addis Abeba, el ministro de defensa cubano Raúl Castro, luego de una visita a Argel. Lo acompaña una nutrida diputación militar que incluye el vicealmi­rante Santamaría, jefe de la marina de guerra, los generales Francisco Cabrera, Pedro García Peláez, Carlos Fernández Gondín, y Carlos Aldana, miembro del comité central del Partido Comunista Cubano (PCC). El objetivo principal es coordinar con el general Ochoa la llegada de 9,000 soldados cubanos y el material bélico soviético16. A cambio, Mengistu queda en concede­rle a la URSS instalaciones en el puerto de Massawa17

   Tras haber conquistado el Ogadén y en un intento último por resolver el litigio y detener la edificación del aparato de guerra etíope, Barré se encamina a la URSS el 21 de agosto. Los soviéticos le plantean como ultimátum extraer sus tropas del Ogadén e integrarse a la federación propuesta por Castro, so pena de enfrentar un incremento del conflicto18

   A mediados de septiembre el general Ochoa y el presidente etíope dirigen personalmente la retirada de Jijiga, no sin ser desbordados por este cataclismo sin precedentes. Días después, Mengistu realizará relampagueantes visitas a La Habana y a Moscú para apresurar un segundo refuerzo, que incluye 4 escuadrones de MiG-21, nuevos contingentes de cubanos, 200 tanques adicionales, cohetería antiaérea y antitanque, y baterías coheteriles móviles19.

   Mientras transcurre este período de acumulación de medios humanos y materiales, los eritreos procuran un acuerdo temporal de cooperación entre sus diferentes facciones armadas y en diciembre asestan golpes contunden­tes en las inmediaciones del puerto de Massawa. El mando cubano y soviético se ve ante la crucial necesidad de traer apresuradamente batallones blindados del Yemen, que amparados por la sombrilla de cohetes y el cañoneo de dos buques de guerra soviéticos, consiguen contener el empuje de los eritreos.         

   Tras la campaña somalí a mediados y fines de 1977, la configuración de la línea del frente era sumamente desfavorable a las legiones del general Ochoa. Los esfuerzos por recuperar posiciones claves no fructifican; por el contrario, el grueso de los contingentes etíopes y de asesores cubanos se halla peligrosamente semicercado en la vecindad de Harar, en un amplio bolsón: el saliente de Gorey. Es allí donde el mando somalí decide jugarse su carta más valiosa, tratando de quebrar el centro del frente, y cercar las tropas del general Ochoa.

 

EL GENERAL OCHOA

La URSS y Cuba deciden que Etiopía debe vencer de forma aplastante en esta guerra, y a los efectos deciden recuperar con rapidez el Ogadén. El puente aéreo iniciado por la URSS y Cuba el 26 de noviembre dura hasta bien entrado el mes de enero de 1978 y desafía la imaginación de casi todos los servicios de inteligencia de Occidente.

   El masivo movimiento logístico de recursos humanos y materiales realizado desde la URSS, Cuba y Europa Oriental empleará múltiples países africanos como trampolín y será supervisado personalmente por los ministros de defensa de la URSS y de Cuba, Dimitri Ustinov y Raúl Castro. La URSS abre las compuertas de sus arsenales militares en Tashkent y Alma Ata, y pone además en función de tal operación una buena parte de sus sistemas ferroviarios, sus radas portuarias y bases aéreas.

   Alrededor de 225 transportes aéreos se utilizaron en esta operación. La porción mayoritaria del transporte civil y militar soviético, incluyendo los enormes TU-76, ponen a disposición de la “Operación Baraguá” más de 61 000 toneladas de material bélico valorado en $1,000 millones. Tan sólo en las primeras diez horas del puente aéreo el general Ochoa recibirá medios suficientes para armar tres divisiones motorizadas. Para coordinar la campaña la URSS empleará un satélite militar20, el Cosmos-964.

   Se iba a provocar una sangrienta guerra civil. En diciembre, los 4 000 consejeros militares soviéticos en Somalia son traspasados apresuradamente a Etiopía, llevando consigo valiosos datos sobre las unidades, preparación y tácticas del ejército que habían ayudado a formar. Un contingente de 17 000 soldados cubanos de los destacados en Angola fue aerotransportado, y otros 15 000 de los mejores entrenados, viajaron directamente desde Cuba. El cuerpo expedicionario se complementa con 4 000 asesores polacos, alemanes, búlgaros y húngaros, así como con 2 500 yemenitas.

   El acuerdo de esta operación multinacional cristaliza en una reunión en Moscú a principios de 1978 a la que concurren Brezhnev y Kosigyn por la URSS, Raúl Castro y el general Ochoa, por Cuba y el premier sudyemenita Alí Nasser Mohammed. Se elige un estado mayor dirigido formalmente por el presidente etíope Mengistu, en el que figuran oficiales etíopes, soviéticos, cubanos y sudyemenitas. El centro estratégico estará en manos del mariscal Petrov, el general Koliakov, comandante de las fuerzas soviéticas en Libia, y Grigori Barisov ex-asesor militar en Somalia.

   El mando de todo el teatro de operaciones recaerá sobre el general Ochoa demostrándose así la confianza de los soviéticos en sus habilidades militares. el general Ochoa tendrá bajo su dirección más de 30 generales del bloque comunista. Entre los cubanos figuran los generales López Cubas, Leonardo Andollo, Gustavo Chuí y Rigoberto García. Las tropas élites cubanas estarán formadas por una brigada de tanques y dos brigadas mecanizadas. Esta maquinaria superará en volumen de fuego a la emplazada con anterioridad en Angola. 

   De inmediato, el general Ochoa ubica su Afrika Korps en el triángulo de Diredawa, Hargeisa y Jijiga, con la perspectiva de desatar una contraofensiva a fondo hacia el norte de Somalia21. El 22 de enero de 1978, después de una intensa preparación y con diversas brigadas de infantería protegidas con artillería de campaña, el ejército somalí embiste desde dos direcciones el único bastión del general Ochoa en el Ogadén: la ciudad de Harar. 

   Pero el general cubano tenía reservada una sorpresa: un intenso barraje coheteril y artillería de largo alcance, matizado con golpes aéreos de cazas MiGs y de F-5, que harán estragos en las filas somalíes, permitiéndole evolucionar sus tropas exitosamente en la dirección del ataque principal. Con esta electrizante reacción el general Ochoa alcanza así recuperar en los días siguientes decenas de kilómetros, ocasionando a los somalíes incontables bajas y destrucción de medios de guerra.

   Ya sobre los terraplenes del Ogadén, el general Ochoa dispone de recursos excepcionales. En la primera semana de febrero y sin dar respiro al enemigo, ensambla un ariete blindado de 120 tanques T-62 secundado con escuadrillas aéreas de MiG, y se abalanza sobre las fortificadas localidades de Harewa y Gildesa que están en manos somalíes. Esta misión es consumada con un movimiento envolvente donde el general Ochoa, valiéndose de los gigantescos helicópteros MI-10K, efectúa un sorpresivo desembarco aéreo, de tropa y tanques, franqueando la retaguardia enemiga y diezmándola. Las puertas del macizo central caen en poder del general Ochoa en una relampagueante blitz.

   Sin conceder tiempo a reponerse y con las tropas a mano, el general Ochoa arrolla las unidades somalíes atrincheradas en Haraghe el 5 de febrero. En los días 8 y 9, serían fértiles en sorpresas para los somalíes cuando las tropas cubanas recobran el territorio situado al nordeste de Harar, y ocupan varias localidades, con lo cual cambia radicalmente toda la línea del frente. Pese a que ya a estas alturas, los somalíes han soportado cuantiosas pérdidas humanas y materiales, la imponente cordillera de 2,000 metros que se levanta en mitad de la meseta entre Harar y Jijiga es un obstáculo que parece impracticable de salvar. Los somalíes se hallan atrincherados en su único acceso: el estrecho cuello de botella del Paso de Kara-Marda.           

   El general Ochoa concebirá un plan de diversión donde algunas de sus fuerzas inician un amplio rodeo, para convencer al enemigo que se intenta atravesar por otro paraje: el paso de Sebele. El Estado Mayor somalí muerde el anzuelo al estimar que por allí se desataría la borrasca, ya que se consideraba un suicidio cualquier otra acción contra la intrincada faja montañosa de Kara-Marda. Esta idea parece confirmarse cuando el 24 de febrero, una columna combinada cubano-etíope se acerca finalmente a las cercanías de Sebele, para provocar el más deplorable desorden.

   Mientras sus generales presionan por Sebele, el general Ochoa avanzará sin descanso con el grueso de sus batallones y tanques, para explotar el progreso de la Brigada 69 de infantería. Once días y once noches durará esta odisea bajo lluvias intensas, con tanques que se atascaban constantemente en el fango, arrastrando cañones por estrechos y traicioneros senderos montañosos.

   Los soldados y oficiales cubanos que lo acompañaron relatan cómo a todo lo largo de la columna de soldados y equipos militares que serpenteaba los barrancos de la cordillera, el general Ochoa se desplazaba constantemente en un incansable ir y venir, dominando con su voz de mando este escenario de máquinas y hombres, lo mismo empujando una pieza de artillería atascada, que imprecando a un soldado tirado en el camino, que manejando un tanque, o bien ensimismado en sus mapas y compases. A fuerza de voluntad, tenacidad y carácter, el general Ochoa logrará infiltrarse por un punto intermedio entre los difíciles desfiladeros de Sebele y de Kara-Marda, saliendo el 28 de febrero al otro lado de la imponente cordillera. Luego girará hacia el sur para acometer en plena retaguardia enemiga.

 

EL PASO DE KARA-MARDA

El 1 de marzo, en una encrucijada vital, los somalíes reúnen tropas auxiliares en Jijiga para demoler el ataque que desde la retaguardia inicia la columna cubana. La embestida de los antillanos se realiza con considerables pérdidas pese a la protección de la artillería. En los días siguientes el general Ochoa ordenará a los batallones cubanos y etíopes que amplíen y fortifiquen sus posiciones, para rechazar los fieros contraataques enemigos; quiere dar la impresión a los somalíes de que había estabilizado un frente y que en lo adelante la guerra sería de posiciones fijas.

   El general Ochoa sorprende nuevamente con otro movimiento inesperado que inicia el 4 de marzo, arrojando contra Jijiga desde la retaguardia a la 69 Brigada reforzada con unidades de paracaidistas. Este cruce, aparentemente suicida y que a primera vista podía antojarse absurdo, dada las elevaciones del macizo central, era más juicioso de lo que parecía debido a la concentración de tropas que lleva a cabo. El cruce era sólo un regalo envenenado del general Ochoa puesto que su objetivo no era abrir dos frentes a los somalíes sino cerrarles la retirada.

   Entonces, en contra del criterio de los soviéticos, el general Ochoa inicia la fase concluyente de su plan, que guardará un toque maestro: un ataque frontal y no por la retaguardia, sino sobre la zona inexpugnable que por tal razón no estaba debidamente custodiada ¡el paso de Kara-Marda! difícil acceso de estrechos senderos erizados de piedras cortantes y de raíces.

   El general Ochoa hace avanzar la 75 Brigada de infantería y con ella sorprende a la enorme guarnición que protege el paso de Kara-Marda.  Los somalíes se encaminaban hacia un tremendo desastre, al quedar totalmente cercados sus 300 000 soldados, en una fulminante operación que decidió el curso de la campaña, considerada una joya de concepción estratégica en muchas academias de guerra. Al fin, los enclaves decisivos y el corazón del territorio del Ogadén son capturados por el general Ochoa.

   Las huestes somalíes que defienden Jijiga se retiran evadiendo el cerco que les tienden los cubanos. Dos días después las columnas del general Ochoa atacan en todas las direcciones recuperando terreno en todo el Ogadén; sus espacios inmensos retumbaban con el rechinar de las cremalleras de las hordas conquistadoras del general Ochoa. Una cuña blindada avanza casi 200 kilómetros desde Jijiga y en menos de tres días toma Dagahabur; otro avance paralelo por el oeste ocupa Fik.

   En una última maniobra, la soldadesca somalí inicia un inmediato y desorganizado retroceso hacia las fronteras; sólo una pequeña fracción de los 300 000 somalíes logra escapar al círculo de blindados y artillería del general Ochoa. Sólo entonces un alarmado presidente norteamericano, Jimmy Carter, propone el cese al fuego, declarando que si el progreso de los cubanos desbordaba la frontera con Somalia, Estados Unidos se vería obligado a enviar tropas.

   A los ojos soviéticos, el mérito sobresaliente del general Ochoa estribaría en haber ensamblado un engranaje militar efectivo a partir del complejo armamento soviético con tropas rudimentarias, analfabetas y campesinas como eran las etíopes, mediante la utilización de los 30,000 cubanos conformados en un esqueleto central con calificación bélica que actuaría como elemento fusionante de ambos extremos. Este experimento militar en Etiopía ya había sido aplicado en Angola; luego será introducido en Nicaragua por el propio general Ochoa.

   Los motivos de Castro en la contienda etíope responden a la misma lógica que en la angoleña. Durante los años sesenta las acciones políticas cubanas se realizarán basadas en la exportación del foco guerrillero. Una vez fracasada económicamente y atada al carro soviético, la revolución cubana será una entelequia en la que Castro intervendrá con su ejército en África, en los no‑alineados y luego en Centroamérica y el Caribe, para conformar un prestigio internacional que le conceda un respiro interno.

 

LA DISYUNTIVA ERITREA

 El régimen de Mengistu no supera las contradicciones básicas que desplomaron al ancién regime de Selassie. Las diferencias geográficas, económicas y de relacion­es de tenencia entre el norte y el sur resultarán un obstáculo insalvable. Tanto Castro como la URSS tuvieron responsabilidad en el proyecto de la Gran Somalia de Barré como en el indepen­dentismo de Eritrea. Pero al patrocinar la intransigencia y la belicosidad de la casta militar etíope, demostraran su resolución en la búsqueda de una presencia física en el Cuerno Africano sin importarles ni el bando ni la bandera.

   Los viejos valores autocráticos y feudo-imperiales etíopes no sólo serán asumidos por la gerencia de Mengistu, sino que se verán reforzados por la conducta colonialista y el creciente despotismo del Derg hacia las zonas de tradicional ocupación.  

   Tanto los tigriños como los oromos plantearán una unidad basada en la igualdad entre las nacionali­dades. Pero la cerrada postura de los amharas, en especial Mengistu, polarizará la disputa, haciendo que estas nacionalidades comiencen a buscar su emancipación al igual que los eritreos y los somalíes del Ogadén. Cuando en 1978 se avistaron las tropas cubanas por vez primera en Oromia, el Frente de Liberación de Oromia (FLO) preparó una carta publica donde trataba de persuadir a Castro de su error en apoyar al Derg en contra del FLO22.

   Igualmente contradictoria será la conducta de La Habana para con los eritreos. La descolonización en África, y especialmente la de Argelia, influye de manera concluyente en la Eritrea islamizada y provoca la formación de entidades políticas. Las marchas militares de Etiopía contra esa jurisdicción no logran poner fin a la rebelión, y la causa eritrea empeña el consenso colectivo del Tercer Mundo, extendiéndose en consecuencia la guerrilla, donde se hará presente la contribución de Castro.

   Entre los años 1970 y 1977, se adiestrará el Frente Popular de Liberación de Eritrea recibe logística de Cuba y de la URSS, sobre todo del arsenal que los soviéticos habían enviado a los baasistas sirios e iraquíes. Asimismo, se emplea a la OLP como eslabón para el trasiego de armamen­tos, a cambio de lo cual los eritreos les facilitan acantonamientos en las islas Hamish.

   Los cubanos adiestraban a los guerrille­ros eritreos en la base Palestina de Campo 17 de Septiembre localizada en Siria. Son estas fuerzas las que, a inicios de 1974, hicieron morder el polvo al ejército imperial, precipitando la revolución en Addis Abeba.  A la caída de Selassie, los combatientes eritreos señoreaban en la casi totalidad de su superficie. Pero, las promesas iniciales de la junta militar etíope, de conceder la autonomía regional a Eritrea, serán incumplidas. La contradicción esencial será la llamada cuestión naciona­l exacerbada por la URSS y por Cuba, primero con su amparo a Somalia y a Eritrea, más tarde al gobierno central del Derg. 

   La revolución etíope, y con ella la entente Castro-Mengistu, impone a La Habana el tener que escoger entre la Junta de Addis Abeba y los eritreos. En su discurso pronunciado en la reunión de los países No-alineados en La Habana de marzo de 1975, Castro instó a los eritreos a deponer las armas23. Desde 1976, en forma más abierta, los medios de prensa cubana comienzan a calificarlos de contrarrevolucionarios24.

   Pese a pregonar su neutralidad, el 16 de marzo de 1978 la máquina de guerra del general Ochoa asistirá a la tropa de Mengistu en el conflicto eritreo tras haber dado cuenta del contencioso del Ogadén25. Un contingente de 3,500 cubanos desembarca en Asmara para operar contra las vecinas guerrillas eritreas, parapetadas en sus santuarios montañosos, y presentar apoyo logísti­co y aéreo a las fuerzas etíopes26.

   En junio, la URSS acondiciona instalaciones aéreas y navales en la isleta de Dahlak y en la ciudadela aérea de Makalé, en el sur eritreo. Allí se apostan más de 50 cazas MiG con tripulación mixta cubana y soviética27, helicópteros y tanques. Los eritreos son atrapados en una tenaza de tanquis­tas cubanos apoyados por las baterías de cohetes que los germano-orientales y los sudyemen­itas manejaban28. La tarea aliada de la infantería etíope y el soporte aeronaval y blindado soviético‑cubano hacen que el enemigo se retire hacia las montañas.  

   Tropas cubanas participan en las batallas de Dongolo y Kenneth Road en 1978, provocando las airadas protestas de los déspotas Amín Dada de Uganda, y Nimeiry del Sudán. Amín Dada expresará a la prensa que el movimiento de tropas cubanas y soviéticas en Eritrea complica­ría la balanza del Cuerno de África, con sus pautas migratorias. El presidente ugandés señalará que esta conflagración era un expediente interno de Etiopía, y hará llegar un mensaje a Castro donde la amenaza con pedir a los países africanos la prohibición de los vuelos cubanos sobre el espacio aéreo del continente29.

   En una entrevista concedida a la agencia noticiosa Associated Press en Beirut, el dirigente eritreo Osmán Saleh declara el poseer pruebas irrefutables de las evoluciones militares cubanas en contra de sus soldados. Añade que muchos países árabes productores de petróleo le han comunicado su preocupación ante una incontrolable masa armada cubana a orillas del Mar Rojo.

   Los esfuerzos de Castro a lo largo de 1979 por mediar entre Eritrea y Addis Abeba a petición de la OLP y de Siria fracasan por la posición intransigen­te de Mengistu. Las violentas intentonas etíopes por recuperar totalmente a Eritrea no logran sus fines.