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El mismo día que Castro cursaba el cable ordenando el repliegue y atrincheramiento de las tropas angoleñas y cubanas en la ciudad fortín de Cuito Cuanavale, los generales Ochoa y Cintras Frías comenzaban a desarrollar un nuevo plan paralelo a la batalla de Cuito. En sus inicios Castro no comprendió la proyectada estrategia, y protestaría airadamente1 "la situación en Cuito sigue complicada. Nuestra aviación está actuando diariamente, y en ese momento se empieza a desarrollar la teoría --esta teoría era de Ochoa-- de que los sudafricanos se están retirando, que ya no hay una situación de crisis allí, de que se pueden hacer determinados movimientos de tropas en otra dirección". Tanto Fidel como Raúl Castro habían decidido que el general Ochoa debía retornar inmediatamente a La Habana para discutir la situación de Cuito Cuanavale. Tras una agria disputa con los hermanos Castro, el general Ochoa regresa el 5 de febrero de 1988 a Angola, con órdenes de proceder al reajuste inmediato de la línea al este del río Cuito, con brechas de cinco kilómetros entre brigada y brigada. Castro declarará más tarde cuáles habían sido sus instrucciones al general Ochoa y cómo éste desobedeció nuevamente las órdenes que había recibido en La Habana2 "vencer cualquier resistencia, si la había -digo resistencia de nuestros aliados angolanos o de cualquier asesor soviético- para reajustar la línea. Llega el 5 pasa un día, pasa otro, y las líneas siguen sin reajustar". No obstante, el general Ochoa incubaba otro plan. Si bien en febrero, sus oficiales en campaña habían reorganizado la disposición táctica de las tropas, existía una inestabilidad en la defensa de Cuito Cuanavale, especialmente en el saliente este, donde se esperaba el golpe principal. El movimiento de cerco de UNITA y África del Sur había aislado en febrero a tres brigadas angolanas. El 14 de febrero se produce una nueva arremetida sudafricana a Cuito Cuanavale, esta vez contra la Brigada 59. Los sudafricanos rompen la línea y logran cruzar la brecha de cinco kilómetros entre dos brigadas creando una situación difícil al quedar en posición de llegar hasta el puente y copar las tres brigadas gubernamentales. El 25 se produjo el asalto más importante de UNITA y África del Sur, nuevamente por el saliente este de Cuito, con más de 100 carros blindados. El general Ochoa había ordenado un extenso trabajo de minado de los campos; al lado de ello, se había desarrollado una minuciosa labor de exploración y de inteligencia militar en las líneas de ataque de UNITA y sudafricanas que permitió al mando cubano conocer la magnitud del empellón que se preparaba, el emplazamiento de las fuerzas enemigas y sobre todo, conocer el momento del asalto. La inteligencia militar cubana había realizado una precisa localización del enemigo para propinar contundentes golpes artilleros, confirmando lo que el general Ochoa había previsto: las líneas de abastecimiento sudafricanos se habían alargado demasiado y estaban expuestos por los flancos a los asaltos de las unidades de tanques y de la aviación. La defensa principal de Cuito recae en las fuerzas de tanques e infantería cubana y dos brigadas angolanas, que el general Ochoa había puesto bajo el mando de los coroneles Héctor Aguilar y Joaquín Soria, respectivamente; y la brigada de tanques encabezada por el también teniente coronel Ciro González. La batalla del día 25 duraría doce horas y tendría un resultado parejo. Los generales Ochoa y Cintras Frías habían preparado una encerrona en un campo extensamente minado, donde esperaban atascar el avance enemigo para luego someterle a un intenso fuego artillero y aéreo. Desde su puesto de mando en la cima de un árbol, el general Cintras Frías dirigía los golpes de artillería y la defensa combinada de tanques e infantes. Si bien las columnas sudafricanas y de Savimbi habían sido prácticamente detenidas en los bancos del río Cuito y pedían refuerzos de artillería y aviación, los soldados del general Ochoa también se hallaban al punto del agotamiento. La aviación cubana apostada en Menonge no podía actuar debido a la inclemencia del tiempo y la cortina artillería antiaérea enemiga. Por suerte, los cazarreactores sudafricanos se mantuvieron en tierra e inexplicablemente, los mandos sudafricanos se empeñaron una y otra vez en hacer pasar sus tanques Olifantes a través del campo minado. Castro, por su parte, tuvo que reconocer la certeza de la acción de su controversial general3 "aquel contraataque impetuoso de la compañía cubano-angolana que estaba más atrás, cerca del puente, frena al enemigo, lo detiene.. y dio tiempo a que se replegaran la 59, la 25 y la 21 brigadas angolanas". Pero algo peligroso había acontecido para el futuro del general Ochoa. Lo delicado de esta polémica reside en la forma pública en que se produce dentro de los altos mandos militares cubanos, deteriorando la imagen, el prestigio personal y el liderato de Castro, quien prevé una erosión futura de su hasta ahora indiscutido poder político. La increpación colérica de Castro se desborda en sus cables cifrados al general4 "ha sido una constante por parte de ustedes menospreciar las posibles acciones enemigas (..) no te oculto que aquí estamos amargados con lo ocurrido”. Nuevamente, Castro trata de imponer sus juicios militares en la defensa de Cuito. Requerirá del general Ochoa constantes informes sobre el número de tanques situados en la ribera este del río, encargando su refuerzo con carros blindados extraídos de la reserva, para asegurar un repliegue. La idea de Castro, de reducir el perímetro de la defensa, fue rechazada por el general Ochoa, puesto que constituía un disparate táctico al hacer perder la movilidad de la reserva dentro del cerco. Ahora Castro le orientaba a ubicar la reserva de tanques en puntos fijos como si fuesen meras piezas de artillería5 “pensamos en la conveniencia de reforzar el este con algunos tanques angolanos de los que quedaron al oeste del río, de modo que la pequeña reserva situada al este cuente, por lo menos, con 10 ó 12 tanques". A contrapelo de Castro, los generales cubanos en campaña no querían debilitar su agrupación al este del río Cuito, pese a estar obligados a sostener un perímetro defensivo demasiado largo. Si el enemigo lograba penetrar tales defensas, las tropas gubernamentales angolanas quedarían de espaldas al río, produciéndose una catástrofe con una imprevisible cantidad de bajas. De ocurrir tal escenario, el sostenimiento de Cuito Cuanavale era impensable; los resultados políticos y morales serían funestos para el gobierno de Angola. No obstante, Castro seguirá quejándose violentamente contra los generales Ochoa y Cintras Frías, planteando que en le resultaba incomprensible la lentitud con que se procedía en el área de Cuito Cuanavale. En un lacónico mensaje apunta6 "ha pasado una semana entera desde los acontecimientos del 14 de febrero y todavía no se ha pasado al oeste del río más que dos batallones de la 21 Brigada. Quedan del otro lado, según nuestros cálculos, alrededor de 3,500 soldados angolanos, y buena cantidad de técnica que debía haber sido trasladada. Nosotros no nos explicamos bien cómo se trasmiten nuestras instrucciones, o simples puntos de vista, a nuestra gente en Cuito. No sabemos quién es el responsable de recibirlas y de ejecutarlas. Ni siquiera sabemos si esas instrucciones o puntos de vista son conocidos en ese punto. Algo está fallando en la transmisión de las órdenes". A pesar de que su propuesta había sido rechazada por Castro y su Estado Mayor en La Habana, el general Ochoa, apoyado por sus oficiales en África, decide llevar a la práctica un plan contrario a Castro: mantener una cabeza de puente al otro lado de la ribera, donde tales fuerzas estuviesen bien abastecidas y sostuviesen pocas bajas. Para ello buscó la aprobación del centro militar de los soviéticos y angolanos en Luanda. Se procede a la extracción de dos brigadas mientras se defendía exitosamente a Cuito con golpes aéreos desde las bases de Menonge. Mientras se hacían participar en estos combates al batallón de tanques situado en la ribera oeste del río Cuito. Así, cada vez que los sudafricanos y la UNITA se aproximaban, tenían que atravesar los campos minados y soportar el intenso ataque de la artillería emplazada al oeste de la ciudad, enlenteciendo su avance y quedando como blancos seguros ante los vuelos raspantes de los MiG-23. El general Ochoa demostraba que no sólo era un artífice en el ataque, como sucedió en Etiopía, sino que manipulaba con tacto las posiciones defensivas. El primero y el 23 de marzo se realizaron los últimos intentos de UNITA y de unidades de la 82 División de Sudáfrica por tomar la cabeza de puente al este de la provincia sureña de Cunene, defendido por la FAPLA y sus auxiliares cubanos. Pese a que los exploradores enviados por el general Cintras Frías habían realizado un gran trabajo, infiltrándose a 20 kilómetros dentro del territorio enemigo para dar mayor precisión a los tiros de su artillería y de la aviación, las fuerzas de UNITA y de África del Sur, con un mayor apoyo blindado, logran llegar a 450 metros de las líneas cubanas. Es cuando el general Ochoa hace funcionar su reserva, que Castro quería comprometer desde un inicio. La artillería de largo alcance ubicada en dispositivos que le permitían cambiar el tiro de la misma hacia el este o el oeste de Cuito Cuanavale, concedió a las unidades del general Ochoa una mayor concentración del fuego artillero, en un punto preciso y en un momento determinado. A pesar de que el gobierno de Pretoria había introducido un refuerzo de 6,000 soldados para la eventualidad de que se diese la luz verde para el asalto, el reforzamiento cubano de Cuito Cuanavale puso a las Fuerzas de Defensa Sudafricanas y a las tropas de UNITA en una situación difícil. El mando sudafricano se había percatado que no podía tomar Cuito con las fuerzas disponibles en la zona. Con vistas a tomar la ciudad era necesario más refuerzos para lanzar un masivo ataque de infantería frontal, con un alto precio en vidas humanas. Pretoria sabía también que tanto el pueblo sudafricano como los Estados Unidos no apoyarían tal operación7. A estas alturas, el general Ochoa, lejos de sentarse a esperar a que los sudafricanos definieran sus intenciones, ahora que no podían forzar la entrada en Cuito Cuanavale, iba a arrebatarles la iniciativa e imponerles el plan de campaña: un desplazamiento hacia el sur, hacia las mismas fronteras con Namibia, de todo su potencial bélico acumulado.
LA OFENSIVA AL SUR El movimiento de Ochoa resultará inexplicable y sorpresivo para el enemigo. Savimbi y el mando sudafricano se hallaban desconcertados. Por eso, cuando en abril deciden forzar la caída de Cuito Cuanavale, se encontrarán con las unidades especiales cubanas y las brigadas angolanas, protegidas por el meticuloso minado de los terrenos adyacentes y una sombrilla aérea que impedirán el avance de los blindados, y troncharán toda posibilidad de éxito en esta operación. Al principio se estimaría que esta penetración más al sur de Cuito Cuanavale era sólo un masivo flanqueo en la retaguardia sudafricana que rodeaba a Cuito Cuanavale. Pronto se demostró que el general cubano había apuntado más profundo: desgastar al enemigo en sus intentos de tomar Cuito, y lanzar sus brigadas hacia el sur por el flanco derecho. Su audaz concepción enfilaba a iniciar la apertura de todo un nuevo frente de 450 kilómetros de largo en las propias narices fronterizas con Namibia, hacia las bases logísticas de la SWAPO, con el fin de cortar las principales líneas de abastecimientos de UNITA. Se ensamblaba una agrupación saturada de medios antiaéreos con mayor cantidad de blindados y aviones de guerra que los existentes en África del Sur. En este frente sur Ochoa emplazaría una potente agrupación de 800 tanques y carros blindados, 200 aviones de combate reforzados con artillería y un equipo antiaéreo muy avanzado, 40 000 soldados cubanos de línea, entre ellos unidades de la División-50, la más aguerrida del ejército cubano, la cual había operado con él en su campaña de Etiopía. Estas fuerzas se completaban con 60,000 soldados angolanos y 10 000 combatientes de la SWAPO. El 6 de marzo, el general Ochoa responsabiliza al general Llorente con la defensa de Cuito Cuanavale y determina que los generales Cintras Frías y Patricio de la Guardia se hagan cargo de la dirección operativa del nuevo Frente Sur. A Cintras Frías dará instrucciones de iniciar el avance desde el enclave de Lubango. Las tropas de asalto, bajo el mando del general Patricio de LaGuardia que había traído consigo Ochoa comprendían 2 000 soldados tipo rangers, 200 pilotos experimentados y 2 000 artilleros. A la misma se habían adicionado pilotos y técnicos soviéticos; el número de efectivos se elevó a 60,000 con la llegada de un nuevo contingente germanoriental de expertos en comunicaciones. El propio Castro revelaría la cifra de cubanos en este nuevo Frente Sur8 "aproximadamente 40 000 soldados cubanos se movían en el sur y se preparaban para esas batallas decisivas". El golpe maestro de Ochoa y sus generales se hace evidente. La nueva ventaja militar posibilitaba el enfrentamiento exitoso con los sudafricanos, poder taponar la frontera con Namibia, amenazar todo el flanco de las fuerzas contrarias, desestabilizando el poderoso cerco de UNITA y Sudáfrica sobre Cuito Cuanavale, y lanzarse luego a la destrucción de la UNITA. Sólo que ello se había logrado en medio de un choque violento durante meses con Fidel y Raúl Castro cuyas consecuencias no se resolverían hasta un año después en medio de un Tribunal Militar, que condenaría a muerte al general Ochoa. Con la iniciativa en el campo de batalla en manos del general Ochoa, era posible que Pretoria considerase seriamente una solución negociada que le permitiese extraer honorablemente sus tropas de Angola en vez de verse obligada a enviar refuerzos y caer en la trampa infernal preparada por el general cubano. Castro favorecía la solución militar tanto en el caso de UNITA como a la independencia de Namibia por medio de una invasión. Es por ello que este último movimiento del general Ochoa obligará al mandatario cubano en la disyuntiva de aceptar las negociaciones pacificas. Era evidente para los soviéticos y para el propio general Ochoa que la guerra resultaba imposible de ganarse totalmente. Por otra parte, Estados Unidos estaba resuelto y ansioso por llegar a algún acuerdo en los conflictos regionales aún a expensas de sus aliados sudafricanos y de la UNITA. Desde inicios de 1988 se realizaba un proceso de negociación para resolver por vía pacífica no sólo el conflicto de Angola y la independencia de Namibia, sino también el desmantelamiento del Afrika Korp castrista en el área. Estas negociaciones habían resultado de las conversaciones entre los presidentes Gorbachov y Reagan. En las mismas participarían Angola, Cuba, y África del Sur; Estados Unidos fungiría de arbitro, y la URSS mantendría una presencia para servir de contacto. La llegada de estos contingentes y su desplazamiento al sur se produjo precisamente en vísperas de la reunión cuatripartita celebrada en Londres entre Angola, Cuba, Estados Unidos y Sudáfrica para negociar la paz en el África Austral. La delegación angolana que participó en estas negociaciones desconocía tal desembarco. El canciller soviético Eduard Shevernadze se refirió al problema angolano durante una entrevista en Washington con el Secretario de Estado norteamericano George Schultz, expresando que la URSS era flexible en cuanto a la presencia cubana y soviética en Angola y que sólo faltaba que Castro accediera a la retirada. Por su parte, el presidente angolano aceptaba la propuesta norteamericana de que la independencia de Namibia debía estar ligada al desmantelamiento de las tropas cubanas, que debía efectuarse en un período de dos años. Las conversaciones en Inglaterra el 3 y 4 de mayo mostraron diferencias de opiniones entre los cubanos y los angolanos, particularmente entre el alto funcionario Risquet y el canciller angolano Alfonso Van Dunem. Las posteriores negociaciones de Londres, El Cairo y Nueva York tendrían lugar bajo la enorme presión que estaba ejerciendo la movida militar cubana hacia el sur. Cuando era claro que el sorpresivo desplazamiento de batallones y logística, ordenada por el general Ochoa y llevada a cabo por los generales Cintras Frías, Patricio de LaGuardia y Llorente había sido un éxito, abriendo un nuevo frente en el sur e introduciendo una espesa cortina de radares y cohetería antiaérea cerca de Namibia, el encargado de la política de Castro hacia África y Medio Oriente, Risquet, partió hacia Moscú para sostener conversaciones con el jefe del Departamento Internacional del Partido Comunista soviético, Anatoli Dobrinin. Era evidente que los generales Ochoa y Patricio de LaGuardia tenían la superioridad en blindados y también en el aire, y que lo que habían organizado en el sur no era una mera fuerza de contención, sino un dispositivo capaz de perforar en el primer golpe cualquier dispositivo que los sudafricanos amontonasen en la frontera con Angola. A pesar de las protestas de Castro, el general Ochoa trasladaría el nuevo Estado Mayor de Cuito Cuanavale a la ciudad de Lobango. Fueron nominados por Ochoa, al lado del general Cintras Frías, los generales cubanos Tomassevich y Patricio de LaGuardia. Se inicia un período muy importante y crítico en que el papel de la exploración determinaría la seguridad del avance cubano hacia el sur. Castro reaccionó estableciendo comunicaciones cifradas automáticas directamente con el general Cintras Frías en el Frente Sur, con el fin de circunvalar al general Ochoa y poder manejar esta otra operación9. Entonces comenzará una nueva batalla entre las unidades de exploración cubanas y las sudafricanas, y paralelo a ello, un nuevo conflicto entre Castro, que insiste en mecanizar la exploración, y el general Ochoa que decide mantenerla a pie. La exploración en vehículos propugnada por Castro presentaba la desventaja de ser detectada con rapidez en las sabanas sureñas y de resultar muy vulnerable a la aviación sudafricana. El general Ochoa no sólo buscaba la seguridad de sus movimientos sino que evitaba separar demasiado la vanguardia exploratoria del grueso de sus fuerzas. Se haría evidente que Castro quería la guerra, tratando de provocar que los sudafricanos rompiesen las negociaciones, lo que se haría casi posible a partir del despliegue cubano en el nuevo Frente Sur. Lo único que se interpondrá al sueño de Castro es la figura de Ochoa y sus generales en campaña, que por el contrario, buscaban adquirir una posición militar que obligase a las partes a la negociación, evitando más víctimas cubanas en una contienda sin fin. El 13 de mayo de l988 se celebra en el Congo Brazzaville una reunión entre Angola y Sudáfrica en lo que se consideraría una ronda especial de negociaciones. En ella, el desmantelamiento del fuerte contingente cubano de Angola sería precisamente la principal petición del canciller sudafricano, quien se mostraría preocupado ante la peligrosa aproximación de las tropas cubanas a la frontera sur. Alrededor del 20 de mayo, fuentes oficiales cubanas en Washington apuntaban que La Habana no desechaba la posibilidad de que sus fuerzas operasen en territorio de Namibia. Las fuentes también señalaban que los soldados antillanos estaban psicológicamente preparados para cruzar dentro de Namibia en persecución de las unidades del África del Sur. La posición más específica de los soviéticos la daría el periodista M. Ponomarev, quien el mismo 20 de mayo escribía en el rotativo Krasnaya Svezda acerca del apoyo internacionalista de Cuba y de la URSS a los angolanos, justificando la razón por la cual se debía negociar con Pretoria. Asimismo, el periodista explicó que debido a la extensión de la intervención y apoyo de África del Sur en favor de UNITA, las fuerzas del FAPLA no habían logrado derrotar decisivamente al enemigo y expulsarle fuera del territorio, aún con la ayuda de los cubanos, resultando esto un estancamiento del conflicto. De acuerdo a Ponomarev, sólo había dos soluciones: una política y otra militar. Pero ni el propio Castro podría ocultar el éxito del general Ochoa. En un informe militar sin precedentes, ante los líderes del movimiento de Países No-alineados en La Habana, Castro hablará eufóricamente sobre el avance de su general en una reunión que duraría más de dos horas y a puerta cerrada10. En el cónclave, Castro enfatizó como la única solución viable la opción militar y sus implicaciones para África del Sur. Enfatizó que los batallones cubano‑angolanos y de la organización insurgente Namibia de la SWAPO habían adelantado 250 kilómetros desde Cuito Cuanavale, estableciendo posiciones a 50 kilómetros de los bordes limítrofes con Namibia. Castro dio por derrotado al enemigo, comparando la actual situación con la de 1975, y añadiendo que una confrontación decisiva y mayor con África del Sur podría ser inevitable. Castro se ufanó de que si los sudafricanos renovaban los combates confrontarían una fuerza militar como nunca antes habían enfrentado. Concluiría diciendo que Cuba podía asumir mayores riesgos militares, añadiendo que si el enemigo buscaba un encontronazo sufriría una seria derrota.
LA GUERRA O LA PAZ En junio, las tropas al mando del general Patricio de LaGuardia se aproximaban peligrosamente a la frontera con Namibia. Los campos de aviación más cercanos estaban ubicados en las villas de Lubango y Matala, a 250 kilómetros de los puntos avanzados que se debían alcanzar; ello limitaba el uso de la aviación. Ante tal dilema el general Ochoa ordena la construcción, a toda máquina, de un aeropuerto cercano a la frontera con Namibia, en la localidad de Cahama. Ahí comenzó otra proeza, esta vez en labores de ingeniería. El general Ochoa ordenó al general Cintras Frías tomar todos los equipos posibles e iniciar la construcción de pistas, y solicitó de Cuba camiones, buldózer, cargadores y todo aquello que ayudase al veloz proyecto. A los efectos, junto a la agrupación de tropas se remitiría un extenso contingente para edificar y ampliar pistas, refugios, hangares subterráneos, puestos de mando, puentes, y demás. La construcción del aeropuerto militar en Cahama sería utilizada contra el general Ochoa en el Tribunal Militar que enfrentaría meses después. En cuestión de semanas, para junio, estaba lista la primera pista, con sus refugios para los cazas de combate, y se comenzaba la construcción de la segunda pista. La sorpresa para los sudafricanos sería total: no habían previsto que la aviación enemiga dispusiera de una infraestructura cercana a la frontera en tan corto tiempo. Ahora el grueso de los batallones sudafricanos se hallaba anclado ante la masa blindada y la potencia aérea que el general Ochoa había establecido cerca de Namibia, desinflando así en su totalidad la ofensiva de UNITA y Sudáfrica sobre Cuito Cuanavale. Las fuerzas de UNITA y de Sudáfrica dentro de Angola se hallaban atrapadas entre dos muelas acorazadas, y cualquier irrupción sudafricana desde Namibia sería muy costosa al tener que cruzar por la masa de radares, tanques y cohetes de los generales Patricio de LaGuardia y Cintras Frías. Sin dudas, esta táctica evitó la caída de Cuito Cuanavale a manos de los sudafricanas, que no sólo hubiese dado cuentas de las mejores unidades de Luanda, sino que hubiese puesto en peligro la seguridad de todo el cuerpo expedicionario cubano en Angola. El 7 de junio, Castro envía al general Ochoa el siguiente cifrado, cuyas instrucciones, de llevarse a efecto, indudablemente hubiesen provocado la generalización del conflicto en todo el sur y el rompimiento de las conversaciones de paz11 "noticias sobre posible golpe aéreo sorpresivo sudafricano sobre tropas cubano-angolanas no deben ser subestimadas, tienen cierta lógica; tener listo contragolpe con todos los medios aéreos posibles para la destrucción total tanque de agua y transformadores de Ruacana (la represa), que debe llevarse a cabo tan rápido como sea posible;. deben elaborarse planes para golpear también Ochicata y bases aéreas próximas.. habrá que utilizar para ello el aeropuerto de Cahama, todo lo que admitan las circunstancias; no esperar órdenes para actuar... respuesta debe ser fulminante y rápida". Castro le enviara además una carta al presidente de Angola Dos Santos donde le informaba que disponía de informes de inteligencia que aseguraban cómo los sudafricanos estaban planeando un golpe aéreo masivo, sorpresivo sobre la agrupación de tropas angolano-cubanas al sur de Angola12. "Esta información tiene cierta lógica, si se toma en cuenta la desesperación de los sudafricanos ante las derrotas y fracasos que han sufrido, tanto en el campo militar como diplomático... podrían tratar de dar un golpe de suerte para cambiar la correlación de fuerzas, utilizando la aviación, para sufrir el menor número de bajas blancas [..] a los soviéticos les hemos comunicado las informaciones de inteligencia, y que habría respuesta rápida e inmediata a cualquier golpe aéreo sorpresivo y masivo del enemigo". En dos palabras, Castro estaba sentando la premisa con todas las partes implicadas de que, por un lado, podría estallar un conflicto a partir de un incidente en el Frente Sur, y que por el otro existía la posibilidad de que Cuba ordenase dar un fuerte golpe en el norte de Namibia. Castro no contaba con el hecho que ni el presidente angolano, Dos Santos, ni los jefes militares cubanos en Angola se dejarían tentar por estas consideraciones. Por su parte, el general Ochoa adoptaría medidas rigurosas -todas defensivas- de protección a las tropas en sus refugios, poniendo en alerta a todos los medios antiaéreos, especialmente al amanecer y al atardecer. Asimismo, hizo descender un regimiento bajo el mando directo de Patricio de LaGuardia para fortalecer la base aérea de Cahama. La alarma cundió en Pretoria. El canciller sudafricano Pieter Botha, apuntó que esta acumulación bélica causaba serios disturbios en el balance de fuerzas en la región y podría hacer peligrar la seguridad de todo el subcontinente. Desde La Habana todo se iba conformando para obstaculizar el éxito de las negociaciones. Las conversaciones del 26 de junio en El Cairo, donde participó Risquet por la parte cubana, estuvieron al borde del colapso por instrucciones de Castro. Solamente la intervención de la Unión Soviética a través del funcionario Vladim Vasev pudo lograr que las delegaciones de Cuba y del MPLA retornasen a la mesa de negociaciones13. El 27 de junio, una fuerte columna sudafricana apoyada por tanques y artillería sorprende cerca de la represa de Calueque a una fuerza combinada cubano-angolana, ocasionándole alrededor de 200 bajas. De inmediato, el general Ochoa ordena un golpe aéreo masivo contra todas las posiciones sudafricanas en esa área. La operación aérea logra burlar el sistema de defensa sudafricano equipado con cohetes Cactus y Tigercat. Pero Castro no está conforme con la situación y exige a su general que propine un fuerte ataque aéreo contra los campamentos, instalaciones militares y personal sudafricano ubicado en la hidroeléctrica de Ruacana. Se ordena que se instruya un personal cubano especializado a envenenar las aguas potables de la represa. Asimismo le conmina a que se prepare para atacar todas las bases enemigas en pleno territorio de Namibia. Los generales Ochoa, Patricio de LaGuardia y Cintras Frías, por el contrario, dejan disolver la situación, para gran irritación de Castro. En La Habana era evidente que el general Ochoa nuevamente hacía caso omiso a Castro, y que su objetivo en el sur era adquirir ganancias estratégicas y consolidar su presencia a lo largo de la frontera con Namibia antes de que el invierno del sur (junio-agosto) detuviese las operaciones; y lograr una posición que sólo en última instancia le permitiese entablar la lucha a partir de la primavera del sur (septiembre). Los más importantes jefes militares y de inteligencia, incluyendo al propio ministro de defensa Raúl Castro, al jefe del EM, general Ulises Rosales, y al grueso del alto mando, visitarían al general Ochoa en el teatro bélico para felicitarle en persona. Pocos meses después, ese mismo grupo pediría su pena de muerte. El propio Castro se referiría de forma encomiástica al hablar sobre esta finta táctica de su general estrella14 "la última etapa de la guerra de Angola fue en realidad una gran proeza, una extraordinaria proeza". El acuerdo de la reunión de Nueva York del 13 de julio consideraba el establecimiento de principios para el logro de la paz en la región sudoeste del África, aceptándose, al menos en forma teórica, la Resolución 435/78 de la ONU, elecciones libres en Namibia, la reubicación de las fuerzas cubanas hacia el norte, la verificación de ese movimiento, y la no-interferencia en los asuntos internos de Angola y África del Sur. Cuando las conversaciones cuatripartita de paz respecto a Angola parecían llegar a su fin, un cable cifrado de Castro al general Ochoa reflejaba que en los criterios del mandatario cubano la opción militar continuaba siendo prioritaria15 "las negociaciones se han estancado, las exigencias sudafricanas son inaceptables. Como ya en Brazzaville se habían hecho las concesiones máximas, en Nueva York mantuvimos posiciones inflexibles. Aunque se habla de nuevas reuniones en Brazzaville no hay que prestar mucha importancia al asunto: hay que prepararse [..] las presas de Calueque y Ruacana deben estar preparadas para ser voladas totalmente si el enemigo ataca nuestros destacamentos avanzados". A pesar de las airadas protestas de Castro, el general Ochoa decide acuartelar las tropas para la estación de lluvia que se le viene encima. En las zonas de Ruacana y de Calueque sólo dejará algunos destacamentos, retirando hacia el norte al grueso de sus soldados y la cohetería antiaérea cerca de la línea establecida entre la base aérea de Cahama y el poblado de Zangongo. Expresa la viuda de Ochoa lo siguiente16 "el acuerdo político en Angola se veía venir, pero Fidel se empeñó en proseguir los combates". Castro presionaba por una estrategia militar que provocase a los sudafricanos a la guerra en las cercanías de la frontera con Namibia para poder desmantelar las conversaciones de paz. Por el contrario, el general Ochoa procedía con cautela, consolidando sus defensas, hecho que convencía a Pretoria de lo costoso que sería un conflicto armado. Esto posibilitó los acuerdos de paz que luego dieron paso a la independencia de Namibia y a la salida de las tropas cubanas y sudafricanas de Angola. Eran dos concepciones militares con dos objetivos políticos diferentes. La mitología de Castro ha descansado en mantener la imagen de único triunfador militar a los ojos del pueblo. Las glorias y victorias del general Ochoa en África, así como la retirada de Angola, representaban un golpe rudo tanto a esa imagen de líder infalible, como a su política internacionalista. Indudablemente, la capacidad de maniobra de Castro en el Tercer Mundo descendería tras estos acuerdos de paz obligados por las grandes potencias. Esto se agravaría con la nueva política soviética de contraerse de los salientes peligrosos del Tercer Mundo. En la opinión de Castro, el más brillante de sus generales estaba contribuyendo no sólo a minar su prestigio personal sino a desarmar los elementos imprescindibles para la compulsión política doméstica y su estructura de poder. El general Ochoa pagaría el desafío con su vida.
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