CAPITULO 22.  
LA NUEVA OFENSIVA LATINOAMERICANA

 Los fines de la década del setenta representaron el ápice de la influencia cubana en África. Las hábiles manos de sus procónsules Risquet, Raúl Curbelo Morales y el general Ochoa, de sus espías expertos en operaciones ilegales -Piñeiro, Antonio y Patricio de LaGuardia-, habían sido decisivas. 

   Castro, desde sus puntos fuertes en Angola, Etiopía y Mozambique azuzaba las acciones violentas en Zimbabwe con la organización de Nkomo, en Namibia a través de Nujoma, y en África del Sur mediante el CNA de Tambo y Mandela. Además disponía de inapreciables aliados en la Libia de Khadafi, en la OLP de Arafat, y en países como Guinea y Cabo Verde, el Congo Brazzaville y Tanzania.

   Sintiéndose firme en este contexto, Castro decidió ocuparse de nuevo hacia otra área de gran valor estratégico, hacia el traspatio del imperio norteamericano: El Caribe y Centroamérica, donde esperaba generalizar los conflictos locales, la violencia urbana y rural, los movimientos masivos en favor de la justicia social, y la erosión de las estructuras tradicionales, para que el poder hemisférico de los Estados Unidos se replegase.

   El centro de gravedad teórico del movimiento comunista internacional se movió de modo favorable a La Habana, no sólo por su proyección africana, decidida por su ejército, sino por el triunfo de la Nueva Joya en Granada, gran golpe de mano de Piñeiro, y de los sandinistas en Nicaragua, guiados por Tony de LaGuardia. La Habana mantenía activo el frente interno de los Estados Unidos a través de los Macheteros puertorriqueños.

   Con el 50 % del tráfico marítimo caribeño amenazado, era posible para la coalición URSS-Cuba colocar a los Estados Unidos a la defensiva. Por otra parte, las cuencas petroleras de Méjico y Venezuela podrían ser presionadas en sus bordes; Castro esperaba que ambos países se rindiesen a su diktak. Las actividades subversivas cubanas emergieron virtualmente en todos los países de la región del Caribe, incluso Méjico.

   Tras la conquista sandinista y bajo la presión cubana, los soviéticos accedieron a sostener la promoción de la lucha armada a través de frentes nacionales que englobasen a los partidos comunistas y a los movimientos de izquierda. Los marxistas de América Central, Panamá y Méjico adoptaron la nueva línea en una conferencia clandestina que tuvo lugar en octubre de 1980. A la sombra de la Unión Soviética, Cuba aceleró significativamente su promoción sistemática de la revolución armada en América Central y El Caribe durante 1978 y 1979. Castro comenzaría a unificar las izquierdas en los países del Hemisferio, con el propósito de emplearlos como una herramienta para el derrocamiento violento de los gobiernos existentes y el establecimiento de mayor número de regímenes solidarios con Cuba.

   Si bien la ONU sirvió de palestra ideal en el caso de la SWAPO de Namibia, del ANC sudafricano, y de la OLP palestina, sin embargo no existían los artificios institucionales que contribuyeran a promover la causa de las guerrillas en América Latina. En 1979, en la reunión cumbre de los No-alineados en La Habana, Castro logró que esa organización abrazase e hiciese suya la defensa del programa político de los insurrectos latinoamericanos.

   Ya en julio de ese año, al celebrarse el primer aniversario de la revolución sandinista, se dio un conciliábulo secreto en extremo importante en Nicaragua, en el barrio de Monimbó de la ciudad de Masaya. Esta reunión dio pie al famoso libro del periodista británico Robert Moss. El debate de Monimbó fue manejado por Castro con la ayuda de altos jefes de la inteligencia: los cubanos Piñeiro y Tony de LaGuardia; dos miembros importantes de la KGB; el comunista colombiano Rene Theodor; líderes de Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Honduras, Costa Rica y otros países de la zona; el entonces ministro de seguridad nacional de Jamaica; elementos de la OLP; y un número de agentes castristas destacados en Estados Unidos.

   El tema del misterioso cónclave se centró en cómo expandir la victoriosa revolución nicaragüense y en particular cómo debilitar a los Estados Unidos. Fue allí, en Monimbó, donde Castro hizo alarde de que sus hombres "plantados" en los Estados Unidos eran tan numerosos y se hallaban tan bien ubicados que le otorgaban la capacidad para desatar, cuando quisiera, el caos urbano, como el de los frecuentes disturbios raciales de Miami. Monimbó selló el pacto Managua-La Habana para desatar el foco armado en toda Centroamérica y El Caribe. Los últimos pormenores de este mitin serían consumados en agosto por el propio Piñeiro en Venezuela1.

   En un seminario que dictó en La Habana el 27 de abril de 1982 a raíz de la Conferencia Internacional Teórica, Piñeiro reafirmó la viabilidad de este modelo de lucha, diferente al foco guerrillero guevarista de los años sesenta. A fines de octubre de ese mismo año tuvo lugar otro encuentro privado en La Habana, nuevamente convocada por Castro. Asistieron miembros de sus servicios secretos, portavoces de los partidos comunistas latinoamericanos y de los movimientos insurgentes. 

   El objetivo era articular una estrategia continental. Piñeiro tuvo a su cargo la clausura del evento, en donde expresó que las revoluciones en Cuba, Nicaragua y Granada presentaban diferencias conocidas, pero entre las raíces semejantes se hallaba el uso de las armas2. Posteriormente, el 30 de agosto de 1984, Piñeiro apuntaría que a pesar del fracaso de Granada3 existía optimismo debido a la consolidación de la revolución cubana, la victoria sandinista en Nicaragua, la lucha guerrillera en El Salvador y el antiimperialismo de las democracias representativas.    Junto a Nicaragua, Surinam y Guyana eran firmes aliados de La Habana. Granada resultó un predio del todo seguro, sujeto a esquemas estratégicos a largo plazo. Por intermedio de Granada, Castro buscó su hegemonía en todo el Caribe oriental y mediante Nicaragua hacia Centroamérica, mientras sostenía el terrorismo en Puerto Rico y Colombia.

   Las zonas del continente consideradas neurálgicas estaban entonces localizadas en El Salvador y Colombia que podrían convertirse en vitales reservas de La Habana. Una vez que obtuvieran el triunfo en El Salvador, el designio castrista consistía en propinar un doble golpe: primero, guerrillero, hacia Guatemala y Honduras; y segundo, una presión simultánea en Costa Rica para desplomar el gobierno y hacer ascender a los comunistas al poder.

   Panamá se bamboleaba hacia los vientos cubanos bajo la férrea dirección de Noriega. Este último y los sandinistas además servirían a Castro en sus ideas de incursionar dentro de Colombia a través del M-19 valiéndose del puente de los narcotraficantes. El "neutralismo" de Méjico en el diferendo Cuba-Estados Unidos concedía a Castro un país base para realizar los contactos. Los sandinistas tuvieron bases en Méjico desde donde canalizaron recursos y dinero que como miembro de la Internacional Socialista les propiciaba el PRI. Asimismo, la plataforma salvadoreña del FDR de Ungo plantó sus cuarteles generales en la ciudad de Méjico, al igual que su brazo armado.

   La orientación ordenada por La Habana será sostener la acción de los grupos latinoamericanos que operaban en Méjico para realizar asaltos de bancos y joyerías. El éxito de tales operaciones montada por los grupos subversivos en otras latitudes había incitado a los cubanos a lanzar este tipo de golpe de mano para buscar los medios financieros necesarios a los grupos armados de Centro y Suramérica. De hecho, debido a las facilidades migratorias, la ineficacia de su policía, y la densidad poblacional Méjico presentaba ventajas excepcionales para el bandidismo revolucionario4. El responsable y planificador de estos operativos asaltantes será el miembro del Departamento de América Armando Campos y las armas necesarias serán enviadas desde Cuba en valijas diplomáticas.

   En abril de 1983, en Esmeralda, Colombia, se volvió a repetir un congreso no público entre casi todos los movimientos rebeldes armados de América Latina, y altos personeros de la seguridad cubana y nicaragüense. Allí concurrirían Sendero Luminoso de Perú, el Farabundo Martí de El Salvador, el Ejército Guerrillero del Pueblo de Guatemala, el M-19 colombiano, Bandera Roja de Venezuela, y otros5.

   Así, la década del ochenta vería nuevamente el progreso de la insurgencia guerrillera y el retorno del terrorismo a escalas más prominentes. Más de una veintena de partidos latinoamericanos recibirían el patrocinio logístico de Castro. El MIR chileno atravesará una profunda crisis interna, pese a los intentos mediacionistas cubanos. A La Habana concurrirán los cabecillas de las facciones en pugna dentro del MIR, como Nelson Gutiérrez y Pascal Allende. Cuba enviaría agentes a la Argentina, con el fin de reorganizar desde allí los grupos del MIR que operarían en Chile. El presidente argentino, Raúl Alfonsín, elevará de inmediato su protesta a La Habana, por utilizarse su territorio para labores terroristas6.

   Entre 1981 y 1984 la URSS remitió 66,000 toneladas de armas a Cuba para reemplazar las que ésta servía a la América Central. Desde 1980 las remesas bélicas soviéticas a Cuba se inflaron dramáticamente, tocando la cifra de $4,000 millones. A principios de la década ochenta el Kremlin (desinformado por la histeria de sus servicios secretos ante la retórica del presidente Reagan) se hallaba alarmado por la sospecha de un plan sorpresivo norteamericano de ataque nuclear. La colaboración de la "inteligencia humana", entre Cuba y la KGB iba en constante expansión. Asimismo, la base de espionaje electrónico de la KGB y del GRU en Lourdes, Cuba, a menos de cien millas de las costas de la Florida, fue descrita por el presidente Reagan en 1983 como "la más grande de su clase en el mundo, con acres y acres de campos de antena y monitores de inteligencia7”.

   Estas operaciones fueron protegidas por una espesa red de organizaciones, grupos sombrillas, y campañas de desinformación. En otro ámbito de todo el entramado guerrillero latinoamericano, el especialista en terrorismo, el rumano Radú, ilustra un punto sumamente espinoso: el papel de las órdenes religiosas8. "Muchos de los clérigos y monjas "revolucionarias" de América Latina son italianos, españoles, belgas y norteamericanos de las órdenes Maryknoll y Jesuita. Los Maryknoll apoyan las guerrillas leninistas en América Central; los jesuitas adoctrinan jóvenes revolucionarios en la necesidad del cambio violento en Guatemala, Chile, El Salvador y Paraguay; y las monjas francesas apoyan los hechos sangrientos de Sendero (Luminoso)".

   El cura belga Rogelio Poncel figura como ideólogo del grupo marxista ERP de El Salvador. El sacerdote canadiense James Carney, muerto en Honduras en 1983, era segundo al mando de la organización trotskista PRTC; en Guatemala el jesuita Carlos Pellecer Fanea fue un líder prominente del EGP y su correligionario, el irlandés McKenna, era un activista del ORPA.

   A diferencia del foquismo guevarista del decenio anterior, la contemporánea subversión castrista descansó en una inmensa red de inteligencia y de entrenamientos, un ejército modernizado y un  sofisticado aparato de propaganda. En todo este engendro, los mecanismos claves de su élite fueron el general Ochoa, Piñeiro y los mellizos de LaGuardia. El general Ochoa proporcionaba asesoramiento militar a los gobiernos de Granada y de Nicaragua; Piñeiro coordinaba expertamente el entramado de espías; el general Patricio de LaGuardia se encargaba de las tropas comandos especiales; Tony de LaGuardia concebía y llevaba a cabo las operaciones ilegales. 

   Los cuerpos de inteligencia de Piñeiro laboraron entonces por lograr la estrategia de integración de las corrientes opositoras armadas en cada uno de los países latinoamericanos donde pudiese resultar ejecutable el esfuerzo. Así, alrededor de 27 dispositivos insurgentes, activos en Centro y Suramérica, con un total de 27,000 hombres, acataron el plan cubano.

   Cuba disponía de varios centros de entrenamiento guerrillero que lograban preparar anualmente hasta ochocientos individuos. El más importante de ellos, ubicado en Guanabo, al este de La Habana, especializado en guerrilla urbana, estaba equipado con su propia pista de aterrizaje y una flota de aviones y era manejado por tropas especiales; allí se impartían cursos de infiltración y de secuestros aéreos. Ex-guerrilleros salvadoreños, guatemaltecos y chilenos han descrito estos entrenamientos. En Candelaria, en las remotas montañas al occidente de Cuba, existía un centro para la preparación de la guerrilla rural. En los años sesenta, el Che Guevara utilizó este campamento para poner a punto a los guerrilleros de su expedición boliviana.

   Estos adiestramientos en subversión y terrorismo estaban a cargo del Departamento de Operaciones Especiales y del Departamento América, y se consideran entre los más complejos que hallan sido creados por cualquiera de las naciones que históricamente promovieron la violencia, dentro y fuera del bloque soviético. Para llevar a cabo la lucha se utilizarían agentes secretos y contactos reclutados en años anteriores.

   Piñeiro subestimará las posibilidades de un proceso de democratización en Argentina con la elección de Raúl Alfonsín, convencido de que los militares recuperarían el poder para impedir la continuación de los procesos y causas que se levantaban contra ellos en las cortes judiciales. El 23 de enero de 1989 un grupo de guerrilleros argentinos de la ERP y de jóvenes de barrios marginales, encabezado por Pelado Gorriarán, atacaron durante seis horas el cuartel La Tablada en la provincia de Buenos Aires; el asalto resultó un fracaso rotundo y los militares no hicieron prisioneros, pereciendo una veintena de combatientes. El hecho no recibió atención nacional o internacional y solo marcaría un combate de nostalgia, por simplemente rechazar la derrota del proyecto revolucionario y no afrontar la lucha política dentro de la legalidad. Así, obstinadamente, La Habana siguió orientando a los grupos subversivos en el Cono Sur a continuar la acción armada9 pese a que se asistía ya al fin de un ciclo y de una época, donde el movimiento revolucionario se hallaba totalmente desmembrado, y la lucha armada había cedido paso a la lucha política10.

   Las labores del Departamento América se mantendrían a todo vapor en el área, procurando el apoyo de profesionales, reclutando a estudiantes, políticos e incluso empresarios para el montaje y operación de planes que tienden a la desestabilización. Los servicios cubanos estarían activos en la capitalización de toda situación caótica que pudiese revertirse en estallidos sociales. Así trataron de hacerlo en Venezuela durante el "caracazo" de febrero de 1989; en la Argentina con el ascenso al poder de la administración de Mennem; y lo mismo se manifestó en la Nicaragua de Violeta Chamorro, con su apoyo a los sandinistas11.

 

LA NARCO-GUERRILLA

 Tras un largo período de inactividad, ya en la década del setenta, Cuba estableció relaciones diplomáticas plenas con Bogotá, aparentemente limitando sus compromisos con los revolucionarios colombianos. Ello no fue óbice para que Castro concediera algún fogueo a la comandatura guerrillera. El propósito de los cubanos de abastecer de armamentos a los sandinistas a fines de la década del setenta, se tornaría más adelante en un negocio lucrativo con los narcotraficantes, quienes conocían los contactos y disponían del equipo indispensable para facultar su transporte.

   Así surgió la narcoguerrilla colombiana del Movimiento 19 de Abril (M-19), que aceptó armas de los narcotraficantes como recompensa de las facilidades que brindaba Castro para el mercadeo de estupefacientes. El M-19 representaba una concepción política nueva para la izquierda latinoamericana, al estar despojado de todo discurso dogmático y poseer una admirable flexibilidad política. En Colombia, el M-19 era una fuerza política y militar de consideración. Muchos de los cabecillas del  M-19 asistirían a sus cursos de instrucción militar, como hiciera por ejemplo Jaime Batemán. Asimismo, líderes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y de las pro-soviéticas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) también acogieron con entusiasmo el sahumerio habanero.

   En febrero de 1980, los guerrilleros colombianos del M-19 asaltaron la embajada dominicana en Bogotá donde retuvieron, por más de dos meses, a dieciocho diplomáticos, incluyendo a los embajadores de Estados Unidos, Méjico y Venezuela, así como el nuncio papal. Como parte de la negociación surgida al efecto, los componentes del M-19 que llevaron a cabo la acción, fueron fletados a Cuba donde se les concedió asilo.

   Cuba decidió entonces incrementar su cuota de contribución. Ya los sandinistas habían prevenido a los componentes del M-19 sobre la necesidad de cristalizar una fachada unida que facilitase la recepción de logística militar, y que diera además una imagen internacional de pluralismo. En el verano de 1980, funcionarios del aparato de Castro acoplaron un encuentro entre los representantes del M-19 con emisarios de otras dos organizaciones extremistas colombianas, el ELN y la FARC. A pesar de que no se alcanzó la íntegra unificación, se arribó a una especie de cooperación práctica.

   Para fines de ese año, el M-19 puso en operación un proyecto de vasta escala en Colombia con asistencia cubana, por cuenta de la cual un contingente de 200 activistas viajó hacia La Habana, en noviembre, utilizando a Panamá para que fuesen preparados en las artes bélicas. A este tropel se sumó los que ya se encontraban en La Habana, como Rosenberg Pabón Pabón, que había arreglado el secuestro de los diplomáticos. Los colombianos fueron adiestrados en el uso de explosivos y armas automáticas, en la defensa personal, las comunicaciones y las tácticas guerrilleras.

   Para febrero de 1981, y luego de completar su ciclo de preparación en Cuba, el grupo mencionado de 200 guerrilleros se infiltró por mar en Colombia, por los acantilados y ensenadas de la costa del Pacífico. No obstante los preparativos, la intentona de precipitar la contienda urbana se malogró, y el propio Pabón fue capturado. Fue imposible borrar la huella cubana en el desembarco, y Colombia interrumpió sus vínculos diplomáticos con Castro el 23 de marzo. El presidente colombiano Julio Turbay Ayala comentó el 13 de agosto al The New York Times lo siguiente12 "conocimos que Cuba, un país con el cual teníamos  relaciones diplomáticas, estaba usando esas relaciones en la preparación de un grupo de guerrillas para que lucharan contra el gobierno... fue una especie de Pearl Harbor para nosotros".

   En un interviú concedido a la publicación teutona Der Spiegel, el vicepresidente cubano Carlos Rafael reafirmó que su país no negaba el haber entrenado las guerrillas del M-19, así como las de El Salvador. No obstante, ni la ira del presidente Ayala ni el descalabro del M-19 paralizaron las intenciones de Castro; su mecanismo de inteligencia, manejado por Piñeiro, había organizado un negocio beneficioso financieramente con varias organizaciones subversivas de la América Latina, como los Tupamaros, los Montoneros, el MIR chileno y el propio M-19 de Colombia; ése consistía en que La Habana adelantaba la logística, los recursos económicos y la información sensitiva para consumar los secuestros, y los terroristas, luego de recibir la recompensa, saldaban generosamente sus cuentas con los cubanos.

   Cuba organizaría desde Managua y Panamá la coordinación de los grupos y acciones del M-19; allí concurrirían constantemente sus principales dirigentes (Carlos Pizarro, Gerardo Quevedo y Navarro Wolf) para entrevistarse con los agentes de la inteligencia cubana. Piñeiro aconsejó al M-19 aplicar en Colombia el método de asaltar bancos, joyerías y realizar secuestros para lograr los medios financieros de la organización13. Así se planificó desde La Habana el secuestro por parte del M-19, de un alto ejecutivo norteamericano de la Texaco en Barranquilla, operación que tendría un doble efecto: político y financiero. Se orientó utilizar otro movimiento revolucionario como una pantalla para negociar el rescate14.

   Para tales efectos Panamá sería el punto ideal de comunicación y para los mecanismos de contacto. Asimismo la inteligencia cubana montó, conjuntamente con el M-19 un dispositivo para la falsificación de dólares, utilizando la propia moneda de un dólar la cual se reimprimía elevándose su valor a veinte o cien dólares. Cuba enviaba cantidades de dólares, que eran depositadas en bancos panameños; de allí se extraían y se cambiaban por billetes de un dólar para proceder a su lavado y reimpresión. Este método se intentó también con otras divisas, como el yen japonés y el marco alemán. Como el dólar americano era la moneda en curso en Panamá, lo más simple era procurar introducirlo desde allí a Colombia, utilizando los lancheros de Isla Grande y el aeropuerto de Puerto Obaldia en la frontera colombiana15.

   A veces la guerrilla dejaba todo el dinero a resguardo de los cubanos. No obstante, los cubanos se enviciaron de tal forma que llegaron a preparar golpes personales, incluso sin el conocimiento de Castro. Así sucedió con el caso del multimillonario Sam Kardonski, íntimo del panameño Noriega y presidente del Tower Bank y de la empresa Kardonski Hermanos, de Panamá. Para esta operación, Piñeiro asignó el dinero y la correspondiente información, dándose a la tarea de llevarla a cabo en pleno Panamá un comando combinado de la ETA vasco y del MIR chileno16.

   En agosto de 1987, varios desertores de la FARC revelaron que en varios frentes guerrilleros existían asesores cubanos; y que los mismos también estaban presentes en los equipos de acción y sabotaje del ELN17. Durante el secuestro del hermano del mandatario Belisario Betancur, ejecutado por el ELN se evidenció el padrinazgo de Castro en esta organización. A pedido del presidente Betancur, Castro accedió a mediar con los terroristas para obtener la libertad del rehén, a cambio del salvoconducto para todo el comando y su traslado a La Habana.

   El 14 de noviembre de 1991, el comandante guerrillero Alfonso Cano confirmaba que los jerarcas del frente Simón Bolívar estaban fabricando un proceso de negociación con el gobierno colombiano, apadrinado por Cuba y Costa Rica. Cano confesó que el móvil de su viaje a La Habana y a San José en contubernio con el comandante Pablo Catatumbo de la FARC, de Antonio García del ELN, y de Diego Ruiz del EP, era el de dialogar con las autoridades e intelectuales de ambos sitios, con vistas a encauzar el camino de la negociación.    Cano y Catatumbo apuntaron que tan pronto finalizase el conciliábulo con La Habana regresaban a las guerrillas para así informar a los diversos frentes del resultado de estas gestiones.

 

EL QUETZAL

 La promoción de la furia cubana en Centroamérica no estuvo confinada a Nicaragua y El Salvador. La Habana coordinó el auxilio clandestino de diversos partidos empeñados en la violencia en Honduras, Costa Rica y Guatemala. Las guerrillas de muchos otros países latinoamericanos comenzaron a recibir recursos económicos y materiales en gran abundancia, tanto de la Nicaragua sandinista como de la Cuba castrista.

   En la década del ochenta Guatemala ejemplificará las apetencias castristas por cohesionar, asistir y aconsejar un proyecto armado de corte marxista. En el otoño de 1980, las cuatro organizaciones guerrilleras guatemaltecas se congregaron en Managua para negociar una alianza de fusión. Mediaron en la organización de dicho encuentro funcionarios sandinistas y dos miembros clave del aparato cubano para el exterior: Piñeiro y Ramiro Abreu Quintana.

   Una vez firmado el acta secreta los combatientes se encaminaron a La Habana para dialogar con Castro, quien enfatizó la trascendencia de conservar un frente nacional cuya dirigencia fuese sancionada por los cuatro grupos firmantes. En dicha junta también se planteó la toma del poder político, militar y económico mediante el derrocamiento del gobierno de Guatemala.

   Tras la conclusión del convenio de unidad en La Habana, Castro accedió al incremento de la asistencia militar a los insurgentes. En un esfuerzo titánico, se logró entrenar alrededor de 2,000 guerrilleros guatemaltecos en Cuba. El equipo remitido por Castro a través de un pasaje nicaragüense que transgredía la jurisdicción de Honduras, incluía morteros, ametralladoras, cohetes, y rifles M-16. También se decretó el incremento del terrorismo urbano con el fin de suscitar la represión y desestabilizar al gobierno. En el cumplimiento de esta estrategia es que cristaliza el atentado contra la línea aérea norteamericana Eastern, en julio de 1981.

   En ese mismo mes, un desertor de la oposición armada llamado Paulino Castillo admitió haber obtenido entrenamiento especial durante siete meses en Cuba junto a un conglomerado de 23 combatientes. Castillo relató cómo había viajado a la Isla vía Costa Rica y Panamá con un pasaporte panameño, y cómo después fue introducido a Guatemala atravesando el territorio de Nicaragua.

   El 8 de febrero de 1982, la agencia noticiosa francesa AFP reseñaba la conformación de una coalición de las partidas opositoras guatemaltecas. Días después, la agencia cubana Prensa Latina y el periódico nicaragüense El Nuevo Diario corroboraban estas noticias.

   A pesar de haberles proporcionado una cuantiosa asistencia militar, Castro realmente no lograría consolidar en Guatemala una organización coherente con los disímiles elementos de la extrema izquierda, como lo había hecho en Nicaragua y en El Salvador; aún cuando los guatemaltecos se comprometieron en repetidas ocasiones con La Habana, en consumar dicha unificación.

 

LA INTENTONA HONDUREÑA

 Una táctica similar siguieron los castristas y los sandinistas con respecto a Honduras. Cuba había ofrecido algún entrenamiento paramilitar a un limitado número de hondureños en la década de los sesenta; no obstante, las constantes fricciones con los elementos fundamentalistas distanció a La Habana de los asuntos internos de ese país hasta bien entrado el decenio de los setenta.

   Es entonces que Castro decidió conferir entrenamiento y ayuda militar a los miembros del partido comunista de Honduras que se habían integrado en la brigada internacionalista que combatió junto a los sandinistas. Después del conflicto anti-somocista, estos comunistas hondureños retornaron a Cuba para recibir entrenamiento adicional. A pesar de ello, Castro quiso utilizar a la izquierda de Honduras primordialmente para que transportasen armas y resultasen el sostén decisivo de los insurgentes en El Salvador y en Guatemala.

   En enero de 1981 las autoridades hondureñas descubrieron numerosos escondrijos atestados de armas, provenientes de los arsenales que los norteamericanos habían abandonado en Vietnam, cuyo destino eran las cuadrillas de alzados salvadoreños. Eso no quiso decir que Honduras no figurase en la agenda; Cuba sí tenía en cartera el desencadenamiento de la insurrección hondureña.

   Castro trató de aplicar también el clásico remedio de fusionar los divergentes escuadrones insurrectos. En el mismo grado que amainaba la marea de violencia en El Salvador y en Guatemala, los cubanos resolvieron esparcir su esquema hondureño. El 23 de septiembre de 1981, el escuadrón Lorenzo Zelaya ametrallaba el vehículo particular destinado al personal asesor norteamericano en Tegucigalpa. En noviembre, las autoridades hondureñas llevaron a cabo una extensa persecución de opositores en todo el país que terminó en la captura de documentos y en declaraciones comprometedoras de muchos detenidos que incluían, además de nacionales, a elementos nicaragüenses y uruguayos.  

   Este operativo salió a la luz la forma en que los comandos habían sido organizados en Nicaragua, instigados por altos oficiales sandinistas y cubanos. Se supo entonces que su jefatura operacional se hallaba en Managua, donde muchos militantes habían recibido entrenamiento a manos de nicaragüenses y cubanos. También se conoció que los alijos de armas y municiones se acarreaban a Honduras desde Estelí, en Nicaragua.

   Miembros de otros dispositivos armados hondureños que llevaron a cabo secuestros de aviones y de individuos en el período 1981 a 1982 también recibieron santuario en Cuba. Se había decidido pasar de la acción urbana al foco rural, pero esta estrategia enfrentaría a una aguerrida tropa hondureña que lograría detener esta primera avalancha. Por lo menos en tres ocasiones desde mediados de 1983, grupos rebeldes entrenados en Cuba intentaron infiltrarse en el país. Los designios cubanos por consolidar un alzamiento bélico en Honduras entre 1983 y 1984 fueron aplastados por las unidades de seguridad, y el ejército lograría contener la actividad de la tercera ola introducida a fines de 1986.           

   En julio de 1983, un grupo opositor de 96 hondureños penetró el área de Olancho para instalar una base de operaciones. Estos jóvenes habían finalizado sus entrenamientos militares en Cuba, y venían fogueados de haber participado en las cruzadas sandinistas anti-Contra en los meses iniciales de 1983. El ejército hondureño interceptó al grupo diezmándolo y capturando a los restantes. El 18 de septiembre caía en combate en los cerros de Olancho el jefe de los guerrilleros, José Reyes Mata, quien había combatido bajo las órdenes del Che Guevara en Bolivia.

   Entre agosto y septiembre de 1983 alrededor de 21 combatientes se entregaron a las autoridades. En sus deposiciones detallaron la forma en que viajaron a Cuba para entrenarse en una escuela conocida como “Campo P-30”, especializada en táctica, comunicaciones, evasión, armas y explosivos. Los reclusos también apuntaron que en Nicaragua se hallaba concentrado un estimado de 700 hondureños listos para internarse en la periferia de Olancho, y que junto a un contingente de 176 guerrilleros también alistados en Cuba acechaban en la frontera.

   La decisión cubana de ofrecer mayores recursos materiales a los insurgentes hondureños llevó a que estuviesen coordinados bajo el Directorio Nacional Unido. Pese a ello, los intentos de los sublevados para instituir en el medio rural santuarios estables de operaciones se malograrían ya para 1984. En julio de ese año otra compañía insurrecta adiestrada en Cuba, y veterana de la contienda de Nicaragua, fue infiltrada en la provincia de El Paraíso. De nuevo las fuerzas de seguridad hondureñas actuaron con celeridad y el contingente fue rodeado en octubre de ese año.

   La Habana determinó chantajear al nuevo gobierno electo de Tegucigalpa proponiéndole la paralización de la diligencia guerrillera a cambio de que Honduras permitiera bases y vías de acceso logístico para los farabundistas del convecino El Salvador.