CAPÍTULO. 20  
LOS SANDINISTAS

 Castro dedicó entrenamiento y ayuda financiera a movimientos insurgentes muy específicos que dieran todos los indicios de garantizar la victoria política o militar. Eso no significó que Cuba considerase su epopeya finalizada y cortase sus alianzas con el resto de los opositores o que no continuase siendo el santuario de revolucionarios exilados. Es así, en esta mutación, cómo Castro mantuvo siempre su capacidad de maniobra futura en los lugares, y a través de los grupos, que habían sido objeto de su atención.

   Uno de los más claros ejemplos es Nicaragua, donde en 1978 un viejo tinglado vinculado a La Habana, los sandinistas, fue preparado para deponer por las armas al dictador Somoza. En la década de los setenta, los cubanos empezaron a moverse asiduamente en la América Central donde la existencia de regímenes autoritarios de extrema derecha imperaba en Nicaragua, Guatemala, Honduras y El Salvador. No obstante, hasta 1977 la asistencia principal fue de índole política y propagandística.

   Para esa fecha, el Frente Sandinista era una pequeña banda que vivaqueaba por las planicies centrales y norteñas de Nicaragua. El 27 de diciembre de 1974, un comando sandinista acaudillada por Eduardo Contreras y Germán Pomares asaltó la residencia del conocido negociante y hombre público José Castillo durante una fiesta navideña. Al no poder capturar al embajador norteamericano Turner Shelton, los asaltantes asesinaron a Castillo, obligando a que el dictador Somoza pagara un rescate de $5 millones por los 14 prisioneros restantes, publicara diversos documentos sandinistas, y aceptara el escape del comando hacia Cuba.

   En diciembre de 1974, una tropilla capitaneada por Contreras y Pomares capturó a un corrillo de renombrados somocistas, exigiendo la libertad de varios reclusos, entre ellos Daniel Ortega, así como $1 millón de dólares en compensación, y alfombra roja para salir hacia Cuba. Fonseca Amador había permanecido en el exilio, inicialmente en Chile durante la presidencia de Allende y luego en La Habana hasta septiembre de 1975. Fue, precisamente, mediante el concurso cubano que reinició el pronunciamiento bélico en los cerros nicaragüenses.

   En 1975, las guerrillas de Henry Ruiz y Víctor Tirado perpetraron varias acciones y se apoderaron de algunos poblados.  No obstante, la guardia nacional fue minando los cimientos de la guerrilla mediante una campaña sistemática. Ya para 1976, los focos de alzados, sin el apoyo de las conexiones urbanas languidecían paulatinamente.

   En 1976 fue ultimado Contreras, quien había recibido un largo entrenamiento en Alemania Oriental y había sido comisionado por Cuba a encabezar las operaciones clandestinas urbanas en Nicaragua. Ese mismo año mataron también a Fonseca Amador en una emboscada. Con la desaparición de ambos líderes, el FSLN se hundió en serias divergencias, de las cuales brotaran las tres grandes tendencias en que se desgajó el sandinismo, cada una con conceptos tácticos de lucha, a saber:

   La Tendencia Proletaria (TP), de un marxismo ortodoxo, representada por Luís Carrión y Jaime Wheelock, que proponía la fundación de un partido comunista y consideraba prematura la lucha armada. La Tendencia de la Guerra Popular Prolongada (GPP), dirigida por Borge, Bayardo Arce y Henry Ruiz, profundamente influida por el guevarismo, que rechazó la guerrilla urbana por la rural debido al descalabro de los Tupamaros y de los Montoneros. La Tendencia Tercerista (TT), bajo la orientación de Daniel y Humberto Ortega y de Tirado; eran los abanderados de la guerrilla urbana y de la alianza con los movimientos no-marxistas. El asalto a bancos constituyó la fuente esencial de financiamiento de esta inclinación.

   Las posibilidades sandinistas en 1977 parecían destinadas a esfumarse. La contienda que se había sostenido en las húmedas selvas de la costa atlántica se disipaba. Cuatro de sus connotados líderes habían muerto y el residuo de los altos jefes y militantes estaban o presos, como Borge, o en el exilio, como José Benito Escobar. La columna Pablo Ubeda comandada por Henry Ruiz había sido desbaratada en las cordilleras por la Guardia Nacional, y la ordenación clandestina urbana de la facción proletaria, plagada de pugnas intestinas, se hallaba estancada. 

 

EL ESTALLIDO ARMADO

 El reformismo pacífico de la oposición democrática, alrededor de Joaquín Chamorro, pareció abrirse camino en Managua, en las andas de la política de los derechos humanos inaugurada por el recién electo presidente norteamericano Carter. El régimen de Somoza comenzó a ceder a la presión combinada que empezaban a ejercer los Estados Unidos, los líderes eclesiásticos y los empresarios locales.

   El 23 de junio de 1977, el presidente Carter suspendía los créditos militares y económicos a Nicaragua por entenderse que el gobierno de Somoza violaba los derechos humanos de su pueblo. Entonces la atención de Castro se centró en Nicaragua, cuya insurrección esperaba reanimar para poner a las naciones del Hemisferio en el dilema de tener que escoger entre el dictador Somoza y los sandinistas.

   Los servicios cubanos se percataron de que Washington estaba presto a desviar su apoyo histórico de los Somoza hacia el campo de Chamorro. Castro se empeñará en conseguir la unión de las tres facciones sandinistas, exigiéndola como condición al prometido suministro de ayuda militar. Este trabajo sería llevado a cabo por el equipo de Piñeiro.

   En 1977, Ulises, uno de los más hábiles espías de Cuba, realizó múltiples viajes secretos a Nicaragua para facilitar la tarea de ensamblar todos los bandos del Frente Sandinista. Ulises había sido el responsable de la DGI para África y el Medio Oriente, exhibiendo una amplia hoja de servicios con los palestinos1.

   A sugerencia de los cubanos, los hermanos Ortega solicitaron del exilado escritor nicaragüense Sergio Ramírez la disposición de un gobierno de corte democrático burgués, que sirviese como mascarón de proa a los Terceristas. Se conformó entonces un equipo aceptable a las apariencias internacionales que incluiría a Miguel DeEscoto, miembro de la orden religiosa Maryknoll; al sacerdote católico Ernesto Cardenal; a los empresarios Joaquín Cuadra, Emilio Baltodano, Felipe Mantica y Arturo Cruz; y a los profesionales Casimiro Sotelo, Carlos Gutiérrez, Ernesto Castillo, Ricardo Coronel y Carlos Tunnermann2.

   En el verano de 1977, Pastora, el excéntrico rebelde de ideología indefinida y lealtad cambiadiza, entró a formar parte de los Terceristas de Ortega, atraído por su perfil militar. Para tender una cortina de humo sobre la verdadera ideología de los sandinistas, los hermanos Ortega3 capitalizarían la habilidad militar de Pastora, su retórica democrática, su carisma con las masas y su status como un héroe en los medios de prensa internacionales.  

   La Habana concibió neutralizar la oposición democrática y, mediante los Ortega hizo que  Pastora aceptase una reunión entre ellos y Chamorro. Si bien consintió en las creencias marxistas de Ortega, Chamorro se comprometió a lograr una transición de pluralismo democrático, a cambio de una alianza presente.

   Simultáneamente, y utilizando a los Terceristas, La Habana provocaría que el régimen de Somoza desatara una represión masiva en las ciudades, y de consecuencia precipitar la tan necesaria guerra civil. José Coronel Urtecho, fundador de la organización fascista Movimiento de Vanguardia en Nicaragua, y luego embajador de Somoza en la España de Franco, se transformó en el ideólogo más prominente de los sandinistas y en mentor intelectual de los poetas Cardenal y Cuadra.

   La poca información sobre Centroamérica en manos de los medios de prensa y políticos del Occidente facilitó que se aceptase el diseño propagandístico cubano que presentaba a los Terceristas como socialdemócratas, sobre todo, ahora que Pastora era parte integrante de los mismos; ayudado además por la composición del gabinete en el exilio. A su vez, Ortega procuraba ampliar la base militante y ganar tiempo para fortalecer su movimiento.

   No fue hasta octubre de 1977, con los levantamientos en Masaya, Rivas y Granada, que el Frente Sandinista recuperó energías al hacerse masivo el apoyo de Castro. Los hermanos Ortega comenzaron a reclutar hombres y a rastrear armamentos para precipitar una campaña desde Costa Rica que los restableciese dentro de Nicaragua.

   El 12 de octubre, escuadrones sandinistas del frente norte, conducidos por Ortega, Pomares, Tirado, Cuadra, Francisco Rivera y Dora María Téllez, embocaron patrullas de la guardia nacional en Ocotal y tomaron el cuartelillo de Mozonte. Al día siguiente, la tropa al mando de Pastora se lanzaba contra el poblado de San Carlos. A pesar de que esta ofensiva concluyó con el desastre de Masaya y no provocó respuesta popular, sí dejó establecido que las unidades de los Ortega y de Pastora eran las únicas capaces de descargar acciones armadas contra la guardia nacional.

   Tras la toma de los cuarteles en Rivas entre el 2 y el 3 de enero de 1978, los cubanos reconsideraron la situación en Nicaragua e invitaron a los primordiales cabecillas insurrectos a La Habana, a una junta, donde estuvieron presentes Fidel y Raúl Castro, Ramiro Valdés y Piñeiro4. Si bien desde el punto de vista militar la organización de los Ortega resultaba la única válida, desde el ámbito político la oposición democrática, representada por el periodista Chamorro, se alzaba como su contrincante.

   Sólo un hecho vendría a facilitar los planes de La Habana y la hegemonía de los Ortega en la resistencia anti-somocista: el misterioso asesinato de Chamorro, emboscado y ultimado a balazos en un desierto callejón de Managua, el 20 de enero de 1978. Su viuda, Violeta Chamorro, no tardaría en declarar sus sospechas de que los asesinos habían salido del Frente Sandinista5. El asesinato de Chamorro convenció a muchos nicaragüenses de la opción armada, de la cual el Frente Sandinista era el coro central.

   De inmediato, los Terceristas trataron de reafirmar su presencia precipitando acciones militares; en febrero, embistieron contra Granada y también se realizó el encuentro en Santa Clara, encabezado por Ortega; asimismo, Pastora asaltó el poblado de Rivas y el puerto de Corinto. La moribunda columna guerrillera de Henry Ruiz pudo rehacerse en la cordillera oriental. 

   Luego del asalto a Rivas, el ex-presidente costarricense, José Figueres, abrió sus almacenes bélicos. Cuba tramitaría armamentos para los sandinistas a través del panameño Omar Torrijos, hasta que Johnny Echevarría Braely, ministro de seguridad costarricense, logró negociar con Castro ser el único puente por donde circularía la ayuda militar cubana. Fue así como La Habana pudo obviar a Torrijos de su papel intermediario6.

   El 31 de enero de 1978, Venezuela decretaba un embargo petrolero a Nicaragua. Bajo la presidencia del socialista costarricense Daniel Oduber, y del patrocinio del venezolano Carlos Andrés Pérez y del presidente norteamericano Carter, los sandinistas comenzaron a establecer santuarios en pleno territorio costarricense. Así se hacía patente la incapacidad de Viron Vaky, subsecretario de Carter para los asuntos del continente, para percatarse de la ingerencia cubana y de la hegemonía comunista en el sandinismo.

   En febrero, Pastora comandaba victoriosamente las sucesivas acometidas sobre Peñas Blancas y Rivas, mientras que en Nueva Segovia, Ortega y Tirado sostenían fogosos encuentros. Este es el momento en que la Internacional Socialista reconoce la beligerancia del Frente Sandinista, quienes también lograban convencer a los círculos liberales de Europa y de Estados Unidos de que su ideología radicaba en el nacionalismo, la socialdemocracia y el cristianismo. Ya para octubre, la Internacional Socialista le había concedido al sandinismo status de observador en su conferencia en Lisboa.

   Cuando se decidió arrojar el reto a Somoza, a mediados de 1978, los servicios secretos cubanos abrieron un centro operativo en Costa Rica, que se utilizó como punto de canalización de contactos y logística. También se emplearía la infraestructura creada por Cuba en Panamá. Desde 1978-1979, los aparatos cubanos, apoyados por sus homólogos panameños durante la égida de Manuel Antonio Noriega, adquirieron armamentos en los Estados Unidos para ser remitidos a los sandinistas, y también a los guerrilleros salvadoreños.

   En la entrevista que Castro concedió a Borge en el verano de 1992, éste narra7 cómo Cuba hizo esfuerzos excepcionales para apoyar la lucha guerrillera, que había explotado, como cosecha natural en numerosos países de América Latina. Añade Borge que personalmente recibió ayuda del Che Guevara y participó en un desembarcó fallido de armas destinadas a Nicaragua en la costa norte de Honduras. Detalla Borge que numerosos grupos guerrilleros intentaron la lucha armada en Venezuela, Brasil, Colombia, Argentina, Perú, entre otros países, con la asistencia de Cuba; refiriéndose al caso de Bolivia como el intento más espectacular8.

   Sigue Borge expresando que cuando surgió la idea de llevar armas a la frontera sur de Nicaragua, Carlos Andrés solicitó el concurso de Castro y las armas arribaron al aeropuerto de San José, donde circularon abiertamente por las carreteras costarricenses. Continúa Borge testificando que ya se había logrado la unidad interna del FSLN, en un acto solemne y emotivo en La Habana, en febrero de 1979, con la presencia del propio Castro, Piñeiro y los máximos dirigentes sandinistas.

   La simpatía internacional por la guerra contra Somoza le ofreció a los cubanos una fachada conveniente a sus operaciones; los cuales comenzaron también a aprontar las guerrillas del Frente Sandinista en Cuba. Castro fue muy cauteloso en proporcionar armamento norteamericano o francés de Argelia, de Vietnam y Etiopía, proveniente de su propio arsenal. También durante la ofensiva final de 1979 fueron despachadas, vía Cuba, armas procedentes de Bulgaria, de Alemania Oriental, de Hungría y de Checoslovaquia9.

   Entre los líderes de la resistencia nicaragüense unificada, el que cobra mayor popularidad es Pastora, el famoso y controversial Comandante Cero, a quien los sandinistas buscan acomodar en el Frente. El 22 de agosto de 1978, una escuadra capitaneada por él, y por Dora María asaltó al congreso nicaragüense en plena sesión inaugural, tomando como rehenes a los diputados, y estremeciendo al país y la opinión pública internacional. 

   Tras obtener la liberación de 60 prisioneros, entre ellos Borge, y $500 000 dólares, los integrantes del comando se escabulleron a Panamá y a Venezuela. Un mes después de esta operación, logística cubana, así como guerrillas sandinistas entrenados en la Isla, comenzaron a arribar paulatinamente al norte de Costa Rica por medio de pequeños aeroplanos que salían desde Panamá. Más tarde estos envíos se harían abiertamente en aviones de la Fuerza Aérea panameña. Borge se hallaba a la sazón en Cuba.

   El 9 de septiembre fue desencadenada la campaña Tercerista contra Managua, Masaya, León, Estelí y Chinandega. Dos días después, el batallón blindado General Somoza contraatacaba en Masaya. Una semana después, Venezuela y Costa Rica firmaban un pacto de defensa que permitió el flujo de equipos bélicos a los sandinistas. Dos días después, es rechazado el asalto de Pastora sobre Peñas Blancas. Si bien la revuelta fue aplastada por la Guardia Nacional, el Frente Sandinista se replegó llevándose consigo a cientos de nuevos reclutas.

   A finales de 1978, y mientras los militantes entrenados en Cuba continuaban infiltrándose en Nicaragua vía Panamá, un número de militares cubanos al mando del coronel Antonio (Tony) de LaGuardia fue despachado al norte de Costa Rica para alistar y equipar a las huestes del FSLN. Aunque los arsenales se emplazaron en Llano Grande, su principal centro operacional funcionaba en San José.

   El 12 de marzo de 1979, el nuevo presidente venezolano, Luis Herrera Campins, alarmado por la intromisión de Castro en Nicaragua, decidió poner un alto a la contribución material y financiera autorizada por su predecesor Carlos Andrés. Este hecho no significó la pérdida para los sandinistas de una fuente logística esencial; Castro decidió suplir también la parte de la colaboración venezolana.

   De acuerdo con el mayor de la seguridad cubana, Florentino Azpillaga, un total de 57 vuelos se realizaron entre La Habana y Costa Rica, transportando 1.8 millones de toneladas de chatarra militar. Azpillaga, que desertó recientemente, también reveló que Piñeiro en persona supervisó los embarques desde el aeropuerto de La Habana, y que tales cargamentos eran recibidos por el agente especial Julián López Díaz y traspasadas al coronel Tony de LaGuardia.

   Cuba decidió componer, instruir y armar brigadas internacionalistas. Una de las primeras fue puesta bajo el mando del experto cubano en guerrillas Pedro González Piñeiro (el comandante Justo), y transportada a Nicaragua en los inicios de 1979 para combatir al lado de los contingentes del FSLN. Sus miembros provenían de distintos movimientos insurrectos de sur y centro América, como por ejemplo Firmenich y Masetti. 

   Otra brigada, la Simón Bolívar, compuesta de colombianos trotskistas, fue expulsada por los propios sandinistas en agosto de 1979; y la brigada internacionalista Victoriano Lorenzo, que contaba con 330 combatientes, estaba pilotada por el socialdemócrata panameño Hugo Espadafora, y operaba al lado de Pastora en el frente sur. Espadafora se había educado en El Cairo, donde entró en trato con el líder africano Amilcar Cabral, y había servido como médico en las guerrillas del PAIGC en la Guinea Portuguesa entre 1966 y 1967 junto al destacamento de combatientes cubanos en ese país.           

   A mediados de ese año, los embarques de armamentos comenzaron a llegar directamente desde Cuba, y a partir de ese momento, la ofensiva militar sandinista estuvo bajo la dirección del coronel Tony de LaGuardia y del general Martínez Gil en territorio nicaragüense; cuya logística era coordinada en La Habana por el coronel Laín Martín. Asistido por la ambivalente política costarricense, Castro hace llegar logística a los sandinistas usando un corredor clandestino. El objetivo era evitar que una asistencia militar abierta de Cuba empañara la imagen democrática que los sandinistas habían confeccionado de sí mismos en el ámbito internacional.

   En junio de 1979 se entabló la masiva remisión de armamentos por el famoso puente aéreo La Habana-Liberia, en el norte de Costa Rica. Para ese entonces, ya los cubanos habían enviado 6,000 toneladas de equipos. El 25 de marzo de 1981, cinco pilotos costarricenses admitieron públicamente su asociación en el acarreamiento de armas desde Cuba, y ofrecieron los nombres de los cubanos y de los burócratas "ticos" involucrados, al igual que detalles de las operaciones. Los pilotos también adujeron que el capo de la inteligencia cubana, Piñeiro, los solicitó para que porteasen vituallas a los guerrilleros salvadoreños10.

   Estados Unidos aplicó un embargo de armas a la dictadura de Somoza, y la comunidad internacional suspendió los financiamientos al país. Con 6 000 soldados y apenas 6 tanques, la Guardia Nacional somocista estaba en desventaja con relación al potencial bélico que Cuba había construido en el lado sandinista. A mediados de 1979, la Guardia Nacional entró en crisis de medios bélicos. Un barco israelí que portaba abastecimientos militares para Somoza no pudo llegar a Nicaragua. El mismo Somoza afirmaría que la CIA  había detenido la motonave en Puerto Barrios, Guatemala11.

   El frente de León estaba capitaneado por dos comunistas: Dora María y Paulo Rivas. Al norte, otras unidades se desplazaban, a su vez bajo la lideratura de los comunistas: Francisco Rivera, Bayardo Arce e Ino Guerra. Desde Rama se había creado otra fuerza dirigida también por los comunistas Hilario Sánchez y Cuadra. Sin embargo, la élite regente del frente Benjamín Zeledón, en el sur, bajo la dirección de Pastora, no era de filiación marxista.

   Todos estos frentes, así como las brigadas internacionales, precipitaron un rompiente armado supervisado por el coronel cubano Tony de LaGuardia en marzo de 1979 contra el destartalado ejército somocista, con el objetivo de arribar primero a Managua y constituirse en gobierno. La ofensiva final de mayo-julio de 1979 provocó un levantamiento general en el país. 

   La estrategia diseñada por el coronel Tony de LaGuardia consiguió que las fuerzas rebeldes se acercaran a la mayoría de los cuarteles, bloqueándose las comunicaciones terrestres, congelándose así gran parte de la Guardia Nacional, y dislocándose su logística. Cuando a mediados de 1979 Tony de LaGuardia determina propinar el empellón final sobre Managua conjuntamente con las distintas columnas sandinistas, los especialistas militares cubanos junto a los batallones del FSLN se mantenían en contacto directo de radio comunicación con La Habana.

   En junio, la Guardia Nacional en el norte estuvo obligada a una defensa estática. Por otra parte, en el sur, las tropas regulares anti-somocistas comandadas por Pastora, por Pablo Salazar, y por Dora María se engarzaron con las unidades élites del régimen y sus reservas en una sangrienta campaña. En el centro del país se generalizaba la insurrección civil dirigida por Carlos Núñez, que obtendría el rendimiento de Masaya y lograría sostener encuentros de consideración en plena ciudad de Managua. El 15 de junio, y apoyados por artillería cubana, los sandinistas apresan Peñas Blancas en ataque sorpresivo; dos días después caerá Sapoa. Los cubanos heridos en combate serán evacuados vía Panamá.

   En julio, factores internos y externos coinciden para granjear el triunfo de la insurrección anti-somocista y la subsiguiente hegemonía en el nuevo gobierno nicaragüense por la dirección sandinista entrenada en Cuba. Sin la masiva contribución de Castro y la dirección campal por sus hábiles militares, los sandinistas no hubieran podido tomar el poder.

 

LA REVOLUCION SANDINISTA

 Tan pronto como los sandinistas penetraron en Managua, alrededor de 200 operativos de los servicios secretos cubanos ocuparon el Ministerio del Interior. Pastora testimonia que detrás de la caída de Managua, asesores militares y agentes de los cuerpos de inteligencia cubano comenzaron a recalar al país. El día 20 cuando Pastora entró en el puesto de mando ya se encontraba allí un grupo de cubanos a quien nunca había visto12.

   Castro actuó con rapidez para desarrollar apreciables fuerzas de seguridad y militares en Nicaragua. En poco tiempo, los cubanos y los soviéticos lograron fortalecer al ejército sandinista a tal punto que superaba en hombres y en medios al de todos los ejércitos centroamericanos combinados. Los cubanos pilotaban los letales helicópteros de asalto soviéticos Mi-24 (Hind-D), los famosos tanques volantes.

   En septiembre de 1979, Ortega viajó a La Habana, donde declaró públicamente su solidaridad con los países comunistas y su condena al "imperialismo norteamericano". Apenas alcanzado el dominio del país, los sandinistas prometieron a la OEA la celebración inmediata de elecciones; no obstante, las mismas fueron pospuestas indefinidamente. Siguiendo instrucciones de sus asesores cubanos, los sandinistas efectuaron de inmediato una extensa purga de su ala socialdemócrata y desataron la represión contra los indios miskitos y misurasatas

   La dotación cubana ascendió a 10,000 civiles, alrededor de 2,500 en personal militar y de seguridad. Todos servían en posiciones claves en el gobierno. Al frente de todo este andamiaje militar, civil y de seguridad cubano se hallaba el vencedor de las guerras africanas: el general Ochoa, asistido por el general Kindelán Blés. En mayo de 1985, la administración sandinista haría público que el general Ochoa había estado a cargo de la lucha contrainsurgente desde 1983.

   Si bien la ingerencia de Castro no resultaba evidente para la opinión pública, los cubanos estructuraron un poder paralelo al lado de los sandinistas dentro del aparato militar, el represivo e incluso en el control de la entrada y salida del país. Según Pastora13 "Jihas Levín estaba a cargo de la inteligencia militar del ejército.  Hay 10 ó 15 cubanos en esta sección, pero cada zona o región militar tiene su propia unidad militar de inteligencia. Y, cada una de ellas tiene sus propios asesores cubanos".

   Julián López, que había sido el oficial de enlace del aparato de inteligencia montado en Costa Rica para impulsar la insurrección nicaragüense, fue designado embajador de Cuba en Nicaragua; como su segundo se nombró al experimentado agente Luís Hernández Ojeda, coordinador de las operaciones de los sandinistas desde Panamá. Otro de los componentes de la misión cubana, Fernando Comas, participó activamente dentro de la organización sandinista y con posterioridad desde Méjico tuvo un desempeño destacado en la unificación de las partidas terroristas puertorriqueñas.

   La dirección del servicio de inteligencia sandinista fue a parar a manos del cubano Renán Montero Corrales, uno de los hombres claves de Castro en el ordenamiento de la guerrilla del Che Guevara en Bolivia. Renán que había conseguido infiltrarse en todos los niveles del gobierno de La Paz, fue comisionado para laborar con los sandinistas tras el chasco del Che Guevara. Renán asistió a Julián López a lo largo de la contienda contra Somoza y, a petición expresa del propio Borge a Castro, es designado a la jefatura de la Seguridad del Estado, para cuyo desempeño le es concedida la ciudadanía nicaragüense.

    Bajo la atención de los antillanos, la seguridad del estado de los sandinistas creció diez veces más que la policía secreta de Somoza. Alrededor de 400 oficiales cubanos, 70 soviéticos, 50 alemanes orientales y 25 búlgaros integraron sus filas. Los soviéticos se concentraron en la enseñanza y control de las operaciones de inteligencia; los cubanos junto con los alemanes asesoraron los cuerpos de seguridad e inteligencia de los sandinistas.

   Miguel Bolaños Hunter, empleado de la Sección Q2 de contra inteligencia sandinista que desertó a los Estados Unidos, relata cómo los cubanos seleccionaban cuidadosamente todo el personal destinado a formar parte de ese aparato14. Según Bolaños, el adiestramiento de inteligencia para angolanos, granadinos y nicaragüenses tenía lugar en Cuba, y era fiscalizada por generales y coroneles soviéticos. Cuenta Bolaños que su primer faena en Q2 fue la supervisión y manipulación de las publicaciones extranjeras, para lo cual requirió la participación de los cubanos15 “había un general al que llamábamos Roberto, que era el jefe de todos los trabajadores de la seguridad en Nicaragua; en realidad él dirigía todo.  Bajo su mando había un grupo de asesores que eran los ayudantes de los altos oficiales en la DGSE, como los comandantes Carrión y Cerna. El control cubano era del cien por cien; ellos diseñaban las operaciones y nosotros éramos como las máquinas de escribir o las plumas".

   De acuerdo con Bolaños, los hombres de Castro participaban en la Sección F6, de vigilancia, y eran los especialistas en secuestros. Había también peritos cubanos en la llamada Sección  FI dedicada a los interrogatorios. Los nicaragüenses hacían el trabajo sucio en las interpelaciones mientras los especialistas cubanos se mantenían apartados, en un cuarto de escucha. Asimismo, éstos adiestraron a sus colegas "nicas" en el uso de las drogas para ablandar a los detenidos en circunstancias extremas.

   Los expertos cubanos se desempeñaban básicamente en contrainteligencia y auxiliaban a la cúpula sandinista en sus decisiones y análisis. También ajustaban las campañas de divulgación mientras los soviéticos lo hacían en inteligencia. El sistema de televisión fue puesto también en manos cubanas. Según Bolaños, los soviéticos siempre mostraban como ejemplo el excelente trabajo que en inteligencia hacían los cubanos de Piñeiro16. "En la estrategia a largo plazo, Méjico está considerada como el último país a controlar. Los altos oficiales de la inteligencia con los cuales hablé se mostraban muy confiados de su posición en Méjico. En ocasiones se referían a que allí, disponían de control. Tenían un alto número de agentes en los sindicatos y partidos políticos.  Con hacer una señal, la situación explotaría.  Asimismo, han sobornado y chantajeado a las fuerzas de seguridad mexicana, que pueden ser paralizadas en una crisis".

 

NIDO DE RATAS

 A los soviéticos, cubanos y alemanes orientales, los complementaron los palestinos, libios, búlgaros, norcoreanos y vietnamitas. En los campos de entrenamiento palestinos, los sandinistas habían entrado en contacto con las Brigadas Rojas y con la Baader Meinhoff.

   Conforme al testimonio de Bolaños, los palestinos habían participado en la brigada internacional que operó al norte del país contra Somoza; la OLP inauguró sus oficinas en Nicaragua días después del éxito sandinista; y, cuando se presentó la "Contra", se envolvieron en las campañas militares. Expertos palestinos de aviación trabajaron estrechamente con la fuerza aérea sandinista. La OLP, a su vez, intervino en los alistamientos de operaciones singulares, como homicidios y secuestros; asimismo, adiestró a guerrilleros salvadoreños en tres campamentos dentro de Nicaragua, uno de ellos conocido como Ostional.

   Así también, Managua le abrió las puertas a las escuadras terroristas de la ETA española y a las Brigadas Rojas italianas. Los terroristas de la ETA fueron entrenados por los cubanos en Nicaragua para 1983. Entre sus miembros figuraron Francisco Larreategul Cuadra y Jesús Udendo Basterrechea. Dos vascos de la ETA, junto a dos cubanos cumplimentaron el atentado contra el líder anti-sandinista Pastora, en La Penca, Honduras, donde murieron varios corresponsales que intervenían en la conferencia de prensa. Por otra parte, una escuadra "etarra" fue fletada desde Managua para despachar al ministro de justicia de El Salvador, general José Guillermo García. Tras el fracaso de la intriga, los "etarras" pusieron pies en polvorosa hacia Cuba.

   El propio ex-premier italiano Bettino Craxi declaró que Nicaragua había dado albergue a 44 de los más turbulentos terroristas italianos, muchos de los cuales operaron como oficiales del ejército sandinista. Entre los integrantes de las Brigadas Rojas ocultos en Nicaragua se encontraba Guglielmo Guglielmi, alto dirigente de la Unidad Combatiente Comunista; por otra parte, Roberto Sándalo, un antiguo brigadista exilado en Kenya expuso a la revista italiana Oggi que cinco brigadistas sirvieron como oficiales en el ejército sandinista. Antes de ser arrestado en Italia, Lauro Azzolini, sentenciado por el asesinato de Aldo Moro, estuvo en Nicaragua.

   Un puñado de Montoneros argentinos, que habían participado en la Brigada Internacional organizada por Cuba, entre ellos Enrique Gorriarán Merlo, a pedido sandinista y con el conocimiento de La Habana, llevaron a cabo la ejecución del dictador Somoza en Asunción, Paraguay, en 1980. El 23 de enero de 1989, Gorriarán Merlo condujo una escuadra que penetró en los cuarteles del regimiento de infantería argentino La Tablada, choque que concluyó con 34 muertos, entre soldados e insurgentes, y con el desencadenamiento de una crisis entre los poderes civiles y castrenses de ese país. Gorriarán Merlo escapó hacia Cuba, donde se mantuvo consumando operaciones terroristas contra Argentina, a pesar de los pedidos de extradición realizados a Castro por el presidente Carlos Saúl Mennen.

 

EXPORTAR LA REVOLUCION

 Con una población de dos y medio millones de habitantes, los sandinistas levantaron un ejército comparable al de todos los de Centroamérica juntos. Aviones soviéticos atiborrados de logística militar para el régimen sandinista emplearon como tránsito, además de La Habana, los aeródromos de Gander y Terranova, en una flagrante violación de las leyes internacionales.

   De inmediato, Nicaragua comenzó a habilitar tres aeropuertos con el propósito de poner a punto una flotilla aérea de cazas MiG. Dos oficiales de la fuerza aérea de Nicaragua, se asilaron en Honduras en 1982, en protesta por el giro marxista que imprimían los sandinistas. En sus deposiciones apuntaron que Castro regía Nicaragua a través de sus numerosos asesores, poniendo el ejemplo de que cada uno de los 9 miembros del Directorio Nacional que gobernaba el país tenían 2 ó 3 asesores cubanos que les instruían17.

   Partiendo de la versión del general cubano exilado Del Pino, a raíz de la invasión norteamericana a Granada, Castro concibió con detalles un plan de contingencia, ante la eventualidad de que los Estados Unidos invadiesen militarmente a Nicaragua18. Para dirigir la guerra en Centroamérica contra tropas de Estados Unidos, Castro decidió sustituir al coronel Fernando Fernández como jefe de la misión militar en Nicaragua, enviando a su bastón estratégico más brillante, el general Ochoa. Asimismo, convocó a una reunión en La Habana al ministro de defensa nicaragüense, Humberto Ortega19.

   El concilio secreto entre la plana mayor militar de Cuba y Nicaragua se prolongó por varios días y fue presidida por Castro, quien precisó como idea la generalización de la guerra en toda Centroamérica. Castro señaló a Humberto Ortega que de entrar unidades norteamericanas en Nicaragua, la defensa de Managua debía quedar en manos de las milicias y la policía política, asignándose a las columnas de tanques nicaragüenses, la penetración inmediata en Costa Rica para tomar a San José20.

   Asimismo, Castro instruyó al general Ochoa que, utilizando el personal militar cubano en Nicaragua se introdujera en Honduras, aniquilase en una maniobra fulminante a las unidades hondureñas, y que con el grueso del ejército sandinista atravesase ese país, invadiera El Salvador, sumase los guerrilleros del Farabundo Martí, se hiciese de la capital y destruyera al ejército regular21.

   Tras la firma del plan de paz centroamericano, en agosto de 1987, Daniel Ortega se trasladó con rapidez a La Habana, para analizar con Castro, Piñeiro y el personal especializado en ambas partes, el panorama político que el régimen sandinista enfrentaba en el área, ante los Estados Unidos y en Europa Occidental. El papel de Nicaragua para Castro había tomado un nuevo giro: el de santuario principal para la insurrección en El Salvador.